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NATURA, DISSENY I INNOVACIÓ,
1994
Physis y diseño. Interacciones entre naturaleza y culturaObservaciones
sobre la naturaleza
Desde siempre el hombre ha dirigido su mirada hacia la naturaleza para obtener imágenes, metáforas y analogías susceptibles de ser transferidas a su cultura, es decir, a la expresión artística y a la investigación filosófica. Más recientemente, con el inicio de las ciencias físicas, ha tomado en préstamo de ella otras metáforas y analogías que han sido aplicadas en el campo de las disciplinas antroposociales. Más recientemente todavía, con la imposición definitiva de la sociedad industrial, el hombre ha buscado soluciones a partir de las cuales orientar su propias elecciones a la hora de diseñar mediante la transposición de formas y de aparatos naturales al mundo de lo artificial. Todo esto es conocido y ampliamente
compartido. Intentemos ahora considerar la misma frase intercambiando los
términos «naturaleza» y «cultura». El resultado es una nueva frase cuyos
contenidos son también ampliamente «impartibles: desde siempre el hombre ha
dirigido su mirada hacia la naturaleza proyectando en ella imágenes, metáforas
y analogías que emergían de la expresión artística y de la investigación
filosófica. Más recientemente ha tomado prestado, del mundo mecanizado que iba
creando, otras metáforas y analogías que aplicaba en el campo de las ciencias
naturales y biológicas. Más recientemente todavía, con la imposición definitiva
de la tecnociencia, ha utilizado soluciones tecnológicas específicas como
modelo para leer el funcionamiento de aparatos biológicos.
Este ejercicio, que puede parecer un juego
de palabras, en realidad pone lo suficientemente en evidencia hasta qué punto
la idea de naturaleza y la de cultura están ligadas entre sí en una relación
biunívoca por la cual una no existe sin la otra: la naturaleza de la que se
habla es, de hecho, una «invención» humana, es decir, una construcción
cultural. Y, a su alrededor, esta construcción cultural no puede prescindir de
la «naturalidad» del hombre que la produce y del ambiente en el que se
encuentra inmerso.
Las «observaciones sobre la naturaleza» que
a continuación serán propuestas no han de ser, pues, entendidas como la lectura
(que pretende ser) fiel de una presunta realidad objetiva. Han de ser, por el
contrario, consideradas como observaciones sobre eso que hoy somos capaces de
decir y de ver en la naturaleza. «Observaciones sobre la naturaleza», en el
espíritu ahora propuesto —que es el de las teorías cognitivas del
«constructivismo radical» (Watzlawick, 1981)
—, significa, por lo tanto, «observaciones sobre la idea actual de naturaleza».
Aprender de
la naturaleza
La contribución que viene a continuación desarrolla el tema de qué aprendizajes puede hoy obtener de la naturaleza el diseñador. Hay que señalar de entrada que esta pregunta puede encontrar respuesta a partir de una serie de puntos de vista. En un extremo está la observación puntual que establece una comparación entre organismos y artefactos concretos. En el otro extremo se halla la observación global, que establece la comparación entre ecosistemas naturales (y su evolución) y sistemas artificiales (y sus innovaciones). Mi contribución hará referencia principalmente a observaciones relativas a este segundo punto de vista. Es aquí, de hecho, de donde, a mi parecer, el diseñador puede obtener aprendizajes profundos y, quizás, estratégicos. En efecto, el tema de la observación de la naturaleza, hoy, hay que mirarlo —y así lo haremos en esta contribución— a la luz de dos cuestiones fundamentales que le confieren una particular actualidad: 1. La evolución del pensamiento científico y la transformación de la idea de naturaleza que se deriva de ella. 2.
La crisis ambiental y la transición en curso hacia una sociedad
sostenible.
La convergencia de estos fenómenos crea para el diseño un contexto totalmente nuevo: la transición hacia la sociedad sostenible, que reclama una gran creatividad social, le plantea preguntas nuevas. La evolución del pensamiento científico, que comporta una más amplía transformación cultural, le reclama poner en discusión muchos de sus fundamentos. La emergencia de una nueva idea de naturaleza, que ofrece una visión diferente de la realidad, le otorga estímulos para la reflexión y ocasiones para desarrollar una nueva cultura más adecuada a las necesidades actuales. Physis
Un cambio
de paradigma
La idea de naturaleza que el pensamiento científico, de Newton en adelante, había producido y que la sociedad moderna, en sus componentes dominantes, había adoptado era la de una naturaleza-máquina, reducible a sus partes constituyentes, transparente en su funcionamiento, previsible en su comportamiento (y, en definitiva, potencialmente dominable del todo por el hombre). Esta visión mecanicista, reductivista y determinista de la naturaleza, a la que nos podemos referir con la expresión «paradigma mecánico», se había ido extendiendo a todas las ciencias hasta convertirse en una de las estructuras básicas de la cultura occidental moderna. Hoy, esta idea de naturaleza-máquina y, más
en general, este paradigma mecánico están en crisis. Una crisis iniciada hace
tiempo en el campo científico y que se ha ido extendiendo fuera de éste, a
todos los ámbitos donde aquel estilo de pensamiento se había impuesto con
anterioridad.
El origen de esta crisis hay que buscarlo,
pues, en un conjunto variado de disciplinas científicas cuyo rasgo común es el
de describir de forma rigurosa procesos irreversibles con los cuales tienen
lugar las transformaciones de los sistemas complejos: teoría general de los
sistemas, cibernética, teoría de la información y de la comunicación, teoría
del caos, termodinámica del no-equilibrio... (Ceruti,
Laszlo, 1988).
El retorno
de physis
Las ciencias contemporáneas han puesto en evidencia cómo eso que llamamos naturaleza es un conjunto de fenómenos caracterizados por la emergencia de lo imprevisible, de lo singular, del azar, del caos; y, de aquí, de la autoorganización, de la autorregulación, de la evolución creadora de nuevas formas de orden. Ha sido a partir de estas nuevas visiones que ha reaparecido la vieja idea aristotélica de physis, la idea de «algo» que, como escribe Cornelius Castoriadis, tiene en sí el principio y el origen de cambios y de creación de formas: «En esta interpretación [...] digamos pues: es physis, es naturaleza aquello que se automueve» (Castoriadis, 1988 :43). i tablar de una physis significa,
pues, subrayar el hecho de que la ciencia contemporánea ha llegado a una idea
muy alejada de la de la gran máquina perfecta y perfectamente ordenada que
había pensado Newton. Con esta nueva idea, como escribe Edgar Morin,
el
Universo ya no se concibe según el antiguo Principio Soberano del Orden; hay
que concebirlo dentro de y mediante los vínculos, las leyes, los hechos
casuales que determinen las interacciones entre los elementos que lo componen,
cabe mencionar, [...] en el juego dialógico entre Orden/Desorden/Organización (Morin, 1988 ; 77).
Y es precisamente en este continuo diálogo entre orden, desorden y organización que hallamos a physis: una naturaleza que se nos muestra unitaria, integrada e irreductible en sus partes. Una naturaleza en que el azar y la necesidad se combinan en las formas más imprevistas. Una naturaleza vital en la que estamos inmersos, de la cual nosotros mismos estamos hechos y que nosotros mismos hemos producido. La naturaleza
como enredo de sistemas
Physis tiene un carácter sistemático: miremos donde miremos vemos relaciones, conexiones, retroacciones que se entrelazan en el tiempo y en el espacio, y hacen aparecer jerarquías, genealogías y ecologías. La naturaleza no es otra cosa que esta
extraordinaria solidaridad de sistemas acumulados que se edifican los unos
sobre los otros, los unos a través de los otros, contra los otros. [...] La
naturaleza es un todo polisistemático (Morin,
1977).
La observación de la naturaleza comporta, pues, entrar dentro de este polisistema, desglosar las entidades (los sistemas) y las relaciones entre ellas (subsistemas, suprasistemas, ecosistemas). Y es a partir de esta operación que la naturaleza adopta forma para nosotros y se convierte en nuestra idea de naturaleza. En esta última expresión, el adjetivo «nuestra» está subrayado: cuando hablemos de naturaleza en términos de sistemas, jerarquías de sistemas y ecología de sistemas, debemos recordar que las fronteras entre estos términos no son
claras y estos mismos términos son intercambiables en función del enfoque, del corte metodológico, del ángulo
de visión que el observador adopta sobre la realidad sistemática considerada (Morin, 1977).
En otras palabras, la división en sistemas
y su jerarquía no son intrínsecas a la naturaleza, sino que dependen de nuestra
mirada y de la modelación que de ella hacemos con cada finalidad determinada:
sistemas y jerarquías se encuentran tanto en la naturaleza como en la intención
del observador.
Afirmar, pues, el carácter sistemático de
la naturaleza tiene algunas consecuencias fundamentales: la inseparabilidad del
conjunto observador-observado, el rol del observador en la definición del
sistema observado y, por tanto, la irreductible subjetividad del modo de
«tallar» la complejidad de la naturaleza (y, en términos más generales, la
complejidad de la realidad) para definir los límites de los sistemas.
La
naturaleza como genealogía y como ecología
La observación de la naturaleza, y en particular de la biosfera, ha llevado a iluminar una variedad de propiedades sistemáticas relativas a la genealogía y a la ecología de los organismos que la componen: los modelos evolucionistas han aportado la dinámica de las relaciones en el tiempo, y los modelos ecológicos, la de las relaciones en el espacio (el ecosistema). Más recientemente, a partir sobre todo de las teorías neodarwinistas propuestas por Stephen Gould y Elizabeth Urba, han emergido con mayor claridad las relaciones entre genealogía y ecología del ser vivo y las relaciones de causalidad circular que se establecen entre ellas (Gould, 1982, 1985). En los párrafos que vienen a continuación
se indicarán algunas de estas propiedades sistemáticas y se evidenciarán las
enseñanzas para los diseñadores. Por necesidad expositiva, «genealogías» y
«ecologías» serán tratadas de forma separada, aunque intentando poner de
manifiesto las relaciones entre ambas y la convergencia de las indicaciones
aplicables al diseño que se deriven de ellas.
Genealogías
La
naturaleza como construcción en el tiempo
Por definición, physis es algo que tiene en sí el principio y el origen del cambio y de la creación de formas. Este cambio acontece en los modos descritos por las teorías evolucionistas, modos que con el tiempo han sido reconocidos como operantes en muchos campos de investigación. Escribe Ervin Laszlo: Si pasamos del ámbito de la física al de la
biología, del de la biología al de las ciencias sociales y de la evolución
cultural, las descripciones fundamentales de los procesos de evolución
permanecen inalteradas. Existen leyes generales de la evolución, y estas leyes
tocan las estructuras invariables que se manifiestan en las diversas
transformaciones [...], se comprende que detrás de la gran variedad de los
fenómenos empíricos exista una invariabilidad de fondo, un orden que regula el
despliegue de los diversos órdenes del universo (Laszlo,
1988:228-229).
No es mi intención presentar en esta contribución un cuadro sobre la evolución reciente de las teorías evolucionistas (también porque el tema y sus implicaciones para la cultura del diseño son abordados en este mismo número de la revista en la intervención de Silvia Pizzocaro). Retomo tan sólo dos argumentos que me parecen potencialmente muy estimulantes: el concepto de «adecuado» o «adaptado» (y la suboptimalidad de los sistemas naturales como resultado de una historia de acontecimientos casuales) y el concepto de «error» (y la producción y la conservación como recursos a los que recurrir en caso de cambio rápido e imprevisible del ambiente). Lo adaptado
no es lo óptimo
La cultura que hasta hoy nos ha hecho mirar la naturaleza como un «almacén de recursos» (y, por otro lado, como un contenedor de basuras) nos ha llevado a ver un «catálogo de soluciones óptimas». Una visión ampliamente funcional en la
impostación de los problemas humanos se ha encontrado, de hecho, en una
particular (y hasta hoy todavía no dominante) concepción del darwinismo y de la
selección natural. Una concepción que bacía ver los organismos vivientes como
las soluciones óptimas a los problemas planteados por un ambiente determinado.
Y que le proponía, por tanto, indicaciones sobre el mejor camino a seguir para
el diseño de artefactos ideados para cumplir los mismos objetivos.
Hoy en día, las interpretaciones del darwinismo
son bien distintas. Escribe S. Gould:
No vivimos en un mundo perfecto donde la
selección natural clasifique sin piedad todas las estructuras orgánicas
plasmándolas con vistas a una utilidad óptima. Los organismos heredan una forma
corpórea y una de desarrollo embrionario, las cuales imponen constricciones
sobre la transformación y la adaptación futura. (Gouiu, 1993 : 156).
Según esta forma de pensar, pues, todo organismo que tiene éxito (es decir, que es «adecuado» o está adaptado al ambiente) se presenta como el resultado casual de una larga
secuencia de antecedentes imprevisibles más que como el cumplimiento necesario
de las leyes de la naturaleza. (...) Perturbaciones menores al inicio del juego
pueden orientar un proceso en una nueva dirección, con una serie de
consecuencias que produzcan un resultado muy diferente de cualquier otro
posible (Gould, 1993 : 68).
El resultado es que no hay supervivencia del más adaptado, hay
supervivencia del adaptado. Las condiciones necesarias pueden ser satisfechas de
muchas maneras diferentes, y no estamos ante la optimización de un
determinado criterio extraño a la propia supervivencia (Maturana, Várela, 1985 :75).
Suboptimalidad:
dejar espacio a la adaptación
Las herencias genéticas que llevan a organismos «adaptados» pero no «óptimos» imponen ligaduras pero proporcionan también oportunidades: ¿Qué «juego» podría evolucionar si cada estructura fuese construída con vistas a un objetivo restringido y no pudiese ser utilizada para ninguna otra cosa? ¿De qué manera l0s seres humanos podrían aprender a escribir si nuestro cerebro hubiese evolucionado para la caza [...] y no pudiera trascender
los confines adaptativos de su finalidad originaria? (Gould, 1993 : 156).
Me parece que de la observación de este fenómeno se pueden obtener indicaciones útiles para el diseñador. A escala de los productos concretos la
indicación es muy clara, casi trivial. Por poner un ejemplo, todos saben que
los productos muy especializados son también extremadamente rígidos en su
posibilidad de utilización (es decir, poco capaces de adaptación): unas
«tijeras ergonómicas», de diseño óptimo para la mano derecha de un adulto
medio, no son fácilmente utilizables por un niño, por un adulto fuera de la
norma y, todavía menos, por un manco. O bien: el carácter suboptimal de los
edificios antiguos ha permitido, a lo largo del tiempo, las más diversas formas
de adaptación (hecho prácticamente imposible con los edificios optimizados por
el cálculo más sofisticado de nuestros días).
Una rigidez análoga, pero en muchos casos
más dramática, la hallamos si de la escala del producto concreto que acabamos
de tratar pasamos a una escala más amplia, en que la observación se hace sobre
sistemas más complejos (y sobre sus vicisitudes evolutivas). A esta escala el
tema de la suboptimalidad del sistema, es decir, de su excesiva
especialización, deviene verdaderamente estratégico.
El estudio de la evolución natural es muy
clarificador en este tema: cada vez que una especie ha emprendido el camino de
la superespectalización ha llegado rápidamente a la extinción (por la sucesiva
incapacidad de adaptarse a condiciones ambientales mutables).
La enseñanza que de esto se puede extraer
es que, por analogía, también en la evolución de los sistemas económicos,
tecnológicos y sociales tiene que estar garantizado y mantenido un nivel de
especialización suficientemente bajo, una suboptimalidad que «no es la
expresión de un límite contingente definido respecto a un ideal de
optimización. Es, por el contrario, un profundo avance en el conocimiento de la
naturaleza y de la historia» (BOCCHI, 1985 : 423).
Error-friendliness:
la admisibilidad del error
La observación de la naturaleza, y en particular l genética, nos dice: 1.
Existe una multiplicidad de pequeñas mutaciones sumergidas en el «poolgenético».
2.
En su mayor parte, a pesar de ser recesivas —y, por tanto, inadaptadas—,
estas mutaciones son preservadas mucho tiempo.
3.
En ambientes sujetos a cambios rápidos, los portadores de estos
«errores» presentan una gran capacidad de transformación, se adaptan más
fácilmente y, por tanto, disfrutan de ventajas selectivas.
Para caracterizar la capacidad de transformación de estos organismos, Cristine von Weizaker ha introducido un término alemán, Fehlerfreundlichkeit, que en inglés ha sido traducido con la expresión error-friendliness y que en castellano significa grosso modo: «buena disposición ante los errores». Escriben Ernst y Cristine von Weizaker: La idea de error-friendliness engloba
las ideas de producción de errares, de tolerancia de los errores y
de cooperación «amistosa» de estos dos aspectos para la explotación de nuevas
oportunidades. Y es en esta cooperación donde se instala la utilización de
los errores, que es una característica absolutamente general de todos los
sistemas vivos, independientemente del nivel jerárquico que se quiera someter a
examen. […] Este es un mecanismo gracias al cual los sistemas pueden afrontar
el futuro, que es abierto y desconocido (Von
Weizaker, 1988: 131-132).
La principal enseñanza que se puede extraer, con referencia al diseño de los sistemas complejos, es la de aceptar la idea de que todo hecho material y humano implica que se manifiesten errores y que se actúe en consecuencia. Lo que significa concebir soluciones en las que ningún error pueda resultar realmente catastrófico. Pero significa también ver en los «errores», entendidos en este caso como las suboptimalidades de las que se ha hablado anteriormente, un rasgo constitutivo de la calidad del sistema, es decir, de su flexibilidad y capacidad de renovación. En este sentido las megatecnologías, o, lo
que es lo mismo, los grandes sistemas técnicos unitarios, están intrínsecamente
alejados de la filosofía del error-friendliness. De hecho, considerando
que un eventual error en su funcionamiento podría tener efectos (ambientales,
económicos, sociales) de dimensiones coherentes con su escala, su aceptabilidad
es posible tan sólo en el marco de la «hipótesis cero errores». Es decir, en el
interior de una cultura que considere posible poner en práctica una tecnología
de manera tal (y condicionar el contexto ambiental en que ésta se instala) que
la probabilidad de verificación de elementos imprevistos resulte muy baja: tan
baja que sea socialmente reputada como prácticamente nula.
Y, viceversa, los sistemas tecnológicos
basados en soluciones modulares, descentralizadas y diversificadas por lógicas
productivas y de funcionamiento son intrínsecamente más error-friendly. De
hecho, cada una de las diversas soluciones adoptadas puede ciertamente agotarse
o pasar a ser «inadecuada» (a causa de cambios en el contexto en el que opera).
No obstante, por la multiplicidad y la variedad de las soluciones presentes, es
decir, por la naturaleza error-friendly del sistema, esto no conduce a
su colapso total. Por otro lado, habrá buenas posibilidades de que el sistema
se «autoorganice», haciendo emerger nuevas soluciones basadas en una
combinación diferente de capacidades ya presentes, pero hasta aquel momento
poco valoradas.
La forma en que, en la naturaleza una
cierta cantidad de errores es tolerada y protegida como base para posibles
soluciones del futuro no es ciertamente reproducible por el hombre. A pesar de
ello, hemos visto que su estudio ofrece algunas indicaciones útiles sobre cómo
poner en práctica sistemas técnicos dotados de mayor tolerancia a los errores y
de mayor capacidad de adaptación. Estas indicaciones, que llevan a soluciones
interactivas, pero dispersas y basadas en lógicas diversas, implican en
definitiva un aumento general de la complejidad del sistema. Volveremos más
adelante sobre este tema. Es útil recordar desde ahora que el término
«complejidad», tal y como se utiliza aquí, tiene un significado bien diferente
del de «complicación». Y es precisamente esta distinción que evidencia el hecho
de que una multiplicidad de tecnologías dispersas y basadas en lógicas
diferenciadas da lugar a un sistema complejo, mientras que una mega tecnología,
unitaria y monológica, a pesar de su enorme complicación, se coloca en el
centro de un sistema intrínsecamente simple (STENGERS, 1985).
En el espíritu del error-friendliness la
complejidad del sistema se convierte, por tanto, en una indicación de su
calidad en términos de capacidad para adaptarse a los errores y reorganizarse
en relación a imprevistos. Se transforma, en definitiva, en un índice de su
«esperanza de vida» en un futuro que, como sabemos a esta altura, es más
incierto e imprevisible que nunca.
Una vez destacada esta línea maestra que se deriva de la
observación de la naturaleza, hay que decir también que su aceptación —y la
aceptación de sus implicaciones operativas— no se puede dar, en absoluto, por
descontada. Y no por problemas técnicos, que no representan dificultades
destacables (al contrario: informática y telemática hacen hoy practicables
posibilidades hasta ayer inimaginables). Las dificultades que las estrategias error-friendly
encuentran son sustancialmente político-culturales y se presentan bajo la
forma de las convicciones tecnocráticas todavía dominantes (y, obviamente, de
los intereses de las tecnocracias que hasta ahora las han puesto en práctica).
Tales convicciones son reducibles a la atracción por las megatecnologías, es
decir, a las mitologías sobre la funcionalidad y sobre las ventajas de la gran
escala, al cegamiento sobre la viabilidad de soluciones técnicas de «riesgo
cero», a la convicción de la posibilidad de un pleno control sobre el tiempo y
sobre los desarrollos que éste puede arrastrar. En definitiva: las estrategias error-friendly
chocan con todo el bagaje conceptual y operativo del pensamiento
mecanicista y tan sólo podrán, por tanto, liberar todas sus potencialidades en
el marco de una más general superación de este bagaje. Es decir, de aquel
cambio de paradigma a que se ha aludido tantas veces.
El tiempo como construcción
La visión del tiempo es un tema central en el cambio de paradigma en curso. Physis se diferencia de la precedente «naturaleza-máquina» fundamentalmente por la diversidad del tiempo que la caracteriza (PRIGOGINE, Stengers, 1981 a): el tiempo de la máquina es un tiempo reversible; el de la physis es, por el contrario, irreversible. Y es al amparo de esta irreversibilidad que tiene lugar y que se pone en escena el carácter constructivo de la realidad: «Hoy las ciencias de la physis y las del ser vivo convergen en el hecho de poner en primer plano el carácter constructivo del tiempo y de la historia» (Bocchi, 1985 : 419). La nueva concepción del tiempo tiene numerosas e importantes
implicaciones para la cultura del diseño, de las cuales quiero recordar dos: el
paso del «proyecto como programa» al
«proyecto como estrategia», y el paso del «proyecto irreversible» al «proyecto
cuasi-irreversible».
La primera implicación, la que lleva a la idea de «proyecto como
estrategia», tiene como punto de partida la constatación del fracaso de muchos
—si no de todos— de los grandes proyectos tecnológicos hasta ahora propuestos:
desde los programas energéticos nucleares hasta las grandes planificaciones
territoriales y económicas; un fracaso que tiene su base en la pretensión de
comprometer recursos y de predefinir los acontecimientos para un largo
período de tiempo y, en consecuencia, en la hipótesis de una plena
controlabilidad de la historia. En el fondo ha sido precisamente esta hipótesis
la que ha mostrado su propia inconsistencia. Su realización habría, de hecho,
requerido una sociedad humana controlable y sin aquellas posibilidades de
equívocos, de desatenciones y de errores que, por el contrario, la caracterizan
(hemos vuelto, pues, a las temáticas discutidas al afrontar la cuestión del error-friendliness
de las elecciones).
Y no sólo esto: es la propia experiencia la que nos muestra cómo
la tentativa de perseguir a cualquier precio el éxito de estos grandes
programas no lleva a realizarlos de veras, sino a intentar llevar a cabo «una
transformación de la sociedad en la dirección de la racionalidad perfecta y de
la transparencia perfecta, y, en consecuencia, a dibujar un horizonte
totalitario». Una perspectiva, en definitiva, en la que su punto de llegada es
la creación de «muchos más problemas de los que los progresos técnicos y
económicos concomitantes podrían contribuir a resolver» (Bocchi, Ceruti, 1990:53).
Para salir de esta perspectiva hay que reconocer la relación entre
los diversos tiempos en juego (individuales, sociales, económicos, tecnológicos,
administrativos ...) y el tiempo del proyecto o diseño.
La dirección hacia la cual se ha de caminar, tomando como punto de
partida el carácter constructivo del tiempo de la historia natural, es la de
favorecer la formación de mecanismos autocorrectivos entre el proyecto y la
realización del proyecto. El resultado debería ser un proyecto que se aleje de
la idea de programa (entendido como predefinición de los pasos necesarios para
la consecución del objetivo) y que se acerque a la de estrategia (entendida
como una secuencia de elecciones, suficientemente flexibles y reorientables
en base a lo que se aprende durante el trayecto). Si lo hacemos así, el tiempo
del proyecto puede asumir aquel carácter «constructivo» que hemos aprendido a
reconocer en la naturaleza y el propio proyecto, como la evolución natural,
asume la capacidad de convivir con los errores y las contingencias.
La historia, la naturaleza, el proyecto, no
son, sino que llegan a ser, en un proceso interrumpido de reorganización
producido por el conversar humano, y en el que ningún sujeto, individual o
colectivo, poderoso o débil, puede arrogarse el poder de control, ni siquiera
de comprensión, del proceso entero
(BOCCHI, CeruTI, 1990:55).
Irreversibilidad
o cuasi-reversibilidad
El tiempo de la physis es un tiempo irreversible. Lo que significa que la máquina de la naturaleza no puede ir nunca hacia atrás. Por otro lado, como se ha dicho muchas
veces, esta máquina de la naturaleza es de una asombrosa complejidad, y la
irreversibilidad de sus tiempos, materializándose en la evolución de sistemas
altamente flexibles (es decir, dotados, como se ha visto, de una gran apertura
hacia nuevas posibilidades), se puede traducir también en una especie de
«cuasi-reversibilidad». Con esta expresión se entiende la propiedad evolutiva
por la que, aparentemente, la historia puede volver sobre sus pasos: un pez
puede evolucionar a un animal terrestre y este animal terrestre puede también
evolucionar nuevamente a un animal acuático. Esta posibilidad de volver atrás
es una cuasi-reversibilidad: el retorno al agua no reconduce a nuestro animal
al pez de partida, sino que representa una evolución posterior hacia un nuevo
animal caracterizado por una reorganización de los caracteres adquiridos en su
nueva experiencia terrestre precedente (Jacob,
1981). En otras palabras: la historia natural no puede nunca volver
atrás, pero puede encontrar caminos que de alguna manera resuelvan los mismos
problemas que se habían presentado y habían sido resueltos (de otra forma) en
el pasado.
Llegados a este punto, uno puede
preguntarse qué similitudes puede haber en términos de
reversibilidad-irreversibilidad entre la evolución natural y la de los sistemas
artificiales.
Ya hemos dicho que la evolución natural es
un fenómeno irreversible. Podemos añadir que lo es en todos los niveles,
empezando por los acontecimientos más elementales, las mutaciones genéticas
casuales que son el «material de base» de toda evolución. Y justamente en esto
se entrevé inmediatamente una diferencia con los fenómenos humanos de
innovación: estos últimos, de hecho, tienen en su base una elección consciente,
un proyecto ideado con una finalidad concreta.
Estos actos intencionales sobre los que se
fundamenta la evolución social y tecnológica podrían parecer, pues,
reversibles: allí donde se haya llegado, siempre es posible elegir
conscientemente volver atrás. En realidad, la cuestión no es tan sencilla y,
como se ve observando con más atención estos fenómenos, la reversibilidad no
existe ni siquiera en estos casos.
De hecho, tanto por lo que respecta a una
sociedad entera como a un individuo, en el momento en que se elige volver
atrás, ya ha pasado alguna cosa: ya han recorrido un trozo de camino y han
sufrido un proceso de aprendizaje. En definitiva, quien toma la elección de
volver ya no es el mismo que había tomado la de partir. De aquí la
imposibilidad de volver exactamente al punto de partida. Y, en consecuencia, la
irreversibilidad del proceso.
Cuasi-reversibilidad
y apertura del futuro
El tema de la reversibilidad-irreversibilidad de las elecciones humanas, y en particular de los proyectos y de los programas con los que intervenimos sobre la realidad, es hoy particularmente actual. Por un lado, de hecho, hoy más que nunca nos damos cuenta de que las elecciones que ahora nos parecen como las mejores podrán ser juzgadas negativamente en el futuro. Por otro lado, estos años ha ido emergiendo
una nueva sensibilidad hacia las generaciones que nos seguirán y su derecho a
un «mundo vivible» (es el debate sobre la sostenibilidad del desarrollo) y a un
«futuro abierto» (que ofrezca una gama alternativa igual o mayor que la que
afrontamos hoy).
Del conjunto de estas nuevas sensibilidades
deriva, pues, el interés por soluciones que se basen en elecciones doradas del
más alto grado de reversibilidad. Que no fijen definitivamente el marco en el
interior del cual las generaciones futuras tendrán que vivir.
Las preguntas que se plantean son, por
tanto, las siguientes: llegados a un cierto punto de la evolución técnica y social,
¿cuántos caminos alternativos quedan todavía por recorrer? ¿Existe una forma de
volver sobre elecciones ya hechas? ¿Cómo actuar hoy para ampliar la ventaja de
las posibilidades de mañana?
Procedamos con orden. Ya se ha dicho que,
incluso en el plano puramente teórico, es imposible volver atrás (lo que,
además, hace inconsistentes todas las posiciones que, nostálgicamente, proponen
un «retorno al pasado»). Pero, en la práctica, la limitación de las alternativas no es sólo ésta; las elecciones que poco a
poco se efectúan pueden tener un carácter diversamente condicionador sobre el
futuro a corto, largo y larguísimo plazos (el ejemplo más conocido es el de la
elección de adoptar la energía nuclear, que obliga a las generaciones próximas
a hacerse cargo durante mucho tiempo de un delicado sistema de gestión y control
de residuos radioactivos altamente peligrosos; y eso aun en la hipótesis de que
su elección fuera dejar de utilizar la energía nuclear).
El respeto por los derechos de las generaciones futuras, pues,
debería llevarnos a actuar en los proyectos de tal manera que dejáramos
abiertas el máximo de posibilidades de elección. Y en este abanico de
posibilidades podría estar también la de la «cuasi-reversibilidad»: una
recuperación de valores y posiciones del pasado, un retorno a las elecciones
hechas y una recuperación del camino desde otro punto de partida.
Por tanto, si, adoptando la indicación de Heinz von Foerster, el
imperativo ético para el diseñador es «actuar de manera tal que aumente el
número de las elecciones», la observación de la naturaleza nos lleva a traducir
esta indicación ética en una actitud diseñadora que E. Jantash sintetizaba de
la forma siguiente:
Diseñar en un espíritu evolucionista no comporta la reducción de
la incertidumbre y de la complejidad, sino su aumento. Aumenta la incertidumbre
porque decidimos ampliar el espectro de las elecciones. Entra en juego la
imaginación. En vez de hacer aquello que es obvio queremos buscar y tener en
cuenta incluso aquello que no es obvio (Jantash,
1980 : 267|.
Ecologías
La
naturaleza como ecosistema
Ecología es un concepto reciente: para nacer e imponer su punto de vista unitario, integrado y transdisciplinario, ha tenido que luchar con la cultura mecanicista dominante, que tendía a ver la naturaleza por partes y por especialidades. Introducida como ciencia por Haeckel en 1866, sólo hacia la mitad del siglo actual ha visto la formulación y la aceptación de los conceptos clave de ecosistema y de biosfera: conceptos gracias a los que la naturaleza ha reaparecido como physis, es decir, como entidad unitaria, compleja y vital. En términos generales, un ecosistema natural es un sistema que
constituye el ambiente para otros sistemas (los diversos organismos que en él
conviven). Y su ecología viene definida por la variedad y el número de los
organismos presentes, y por las relaciones que entre ellos se establecen.
Tales relaciones pueden ser de competición o de colaboración a
partir de la particular «estrategia» que cada organismo ha elaborado para
sobrevivir y para dar esperanza de vida a su descendencia.
Los organismos presentes en el ecosistema son, de hecho,
utilizando la terminología de Gregory Bateson, «entidades automaximizantes».
Esto quiere decir entidades dotadas de un estímulo hacia la reproducción
expansiva de sí mismas (o, mejor dicho, del «programa» que las caracteriza) y
que, en consecuencia, sí se diera una ausencia de límites, tenderían a crecer
de número siguiendo una progresión exponencial (BatESON,
1972).
Si esto no pasa es porque los limites del ecosistema —por ejemplo,
la disponibilidad de energía— actúan como «variables de control» y bloquean
el crecimiento de los organismos en un cierto punto de su curva exponencial.
En el ecosistema, pues, hay equilibrio cuando la interacción
sistema-ambiente (y, en consecuencia, la interacción sistema-sistema entre
organismos en competición) lleva a detener el crecimiento de todas las
entidades automaximizantes presentes en él. Viceversa, hay desequilibrio cuando
falta cualquiera de las variables de control y cada sistema se «desliza» por su
curva de crecimiento hasta que el ecosistema se detiene en una nueva posición
de equilibrio.
El
pensamiento ecologizado
La observación de la naturaleza como ecosistema (uno de los ecosistemas situados en la biosfera) ha llevado a enfocar sus características, a traducirlas en propiedades sistemáticas de valor general y, sucesivamente, a verificar su aplicabilidad en los campos más diversos: de la semiótica a la historia de las ideas, de la economía a la cultura material. Hablar de ecología tratándose de las relaciones operantes en estos diversos campos (que en su conjunto pueden ser definidos como lo «artificial») significa expresar de forma sintética el cambio de paradigma del que se ha hablado anteriormente. En particular, mirar lo artificial como una ecología (la ecología de lo artificial) significa pasar de un «pensamiento mecanicista» (por el cual la conceptualización de la experiencia se produce adoptando principalmente modelos mecánicos) a un «pensamiento eco-logizado» (por el cual la conceptualización se basa en modelos ecológicos) (Morin, 1990 : 78). Es convicción mía que la ecologización del
pensamiento y el reconocimiento de una ecología que opera con entidades
artificiales, de las ideas a los productos y a las organizaciones sociales,
constituirán (y en parte ya constituye ahora) una innovación importante en la
cultura occidental contemporánea. Una innovación cultural que influirá
fuertemente también en la cultura del diseño. El resultado será un «diseño ecologizado»,
es decir, un diseño basado en unos puntos de referencia que tendrán plenamente
interiorizado el nuevo paradigma cultural.
La ecología
de lo artificial
¿Qué se entiende por «ecología» cuando se pierde la referencia directa a los ambientes naturales y se la considera como una formalización del comportamiento de los sistemas complejos, tanto si son naturales como artificiales? La ecología, en el sentido más amplio,
aparece como el estudio de la interacción y la supervivencia de las ideas y de
los programas (es decir, diferencias, complejos de diferencias, etc.) en los
circuitos (BaTESON, 1972).
Esta definición de la ecología es ciertamente muy amplia, pero, además, puede resultar más bien oscura para quien no esté familiarizado con las terminologías de Bateson. Aquí nos limitamos a recordar que, para Bateson, el término «idea» coincide con el de «diferencia» (Bateson, 1972); y que el «programa» es un conjunto de ideas, es decir, de diferencias, que constituyen la «unidad de supervivencia evolutiva», es decir, las entidades de que está constituido el sistema. Hablar de «ecología de lo artificial»
remite, pues, a una forma de leer el ambiente contemporáneo como un sistema de
artefactos materiales e inmateriales (que podemos llamar el «sistema de
artefactos») en relación y en competición entre ellos en el interior de un
ecosistema.
1.a posibilidad de aplicar la metáfora
ecológica a estas entidades y a las relaciones que entre ellas se establecen
viene dada por el hecho de que se presentan como «entidades automaximizantes»,
caracterizadas como organismos biológicos, por un impulso hacia la reproducción
extensiva de ellas mismas. Pero ¿en qué sentido los artefactos pueden ser
vistos como «entidades automaximizantes»? Esta pregunta puede tener dos tipos
de respuesta: una más inmediata y otra más escondida (pero no por eso menos
significativa).
La respuesta más inmediata es la siguiente:
hablar de artefactos y de su competición por la supervivencia significa, en
realidad, referirse de forma sintética a las entidades socioculturales que las
producen y a su competición por la supervivencia.
Los artefactos que podemos tomar en
consideración son, de hecho, una especie de «materialización» de contextos
culturales, intereses económicos y voluntad de afirmación de diseñadores,
empresarios y sectores productivos: son estas entidades las que están realmente
en competición y tienden a una reproducción extensiva de ellas mismas.
Pero, como se ha dicho, la ecología de lo
artificial puede ser leída también de otra manera, menos evidente pero más
estimulante: la ecología de las ideas y de las cosas a partir de su misma
capacidad para hacerse autónomas; dicho de otra forma, la ecología de las ideas
y de las cosas «dejadas a ellas mismas».
Ecología y
autonomía de las ideas y de las cosas
Podemos partir de una pregunta que creo que muchos se han planteado: ¿cómo es posible que nuestras ideas, nuestras acciones y los resultados que se derivan de ellas a menudo nos parece que huyen de las intenciones originarias? ¿Cómo ocurre que lo escrito a menudo parece escapar del control del escritor? ¿Por qué, en el transcurso de su vida, un producto puede asumir significados y funciones diferentes de las que el diseñador había pensado? ¿Por qué ciertas formas pueden tener una vida de alguna manera independiente de los diseñadores que las han creado? Lo que testimoniamos con estas preguntas es
la existencia de una especie de autonomía de todas las realidades que nacen y
viven en un ambiente: sean ideas o sean los productos que se ligan a estas
ideas (Morin, 1977; Bateson, 1972, 1979).
Hablando de las ideas, Morin escribe que
éstas se configuran
como entidades relativamente autónomas, que se automatizan,
que viven en el ecosistema constituido por la cultura y por la mente de los
hombres. Éste es el ambiente que las alimenta no sólo de energía sino también
de organización (Morin, 1990 :
87).
En otras palabras, las ideas tienen una autonomía propia. Su vida se desarrolla en un ecosistema que está constituido por la cultura y por las mentes de los hombres. La vida de una multiplicidad de ideas, su confrontación, su choque, las cooperaciones entre ellas, constituyen, en conjunto, la ecología de las ideas. Lo mismo vale para aquellas ideas
materializadas que son los productos, con sus formas y sus funciones. También
en este caso, una vez les ha sido dada la existencia, asumen una vida propia,
entran en un sistema de interacciones y de retroacciones, entre ellos y con el
ambiente, hasta asumir, como ya se ha hecho notar, significados y modalidades
de uso que pueden llegar a ser muy diferentes de los previstos por el
diseñador. Este fenómeno puede ser visto como aquel proceso por el cual el
«productor (entendido como un artefacto fuertemente ligado a las intenciones
del diseñador y del productor) se convierte en «cosa» (es decir, una entidad
dotada de autonomía y potencialmente abierta a los más diversos destinos).
El pensamiento ecologizado (y el diseño
ecología-do) es, por tanto, el que sabe reconocer esta ecología de las cosas y,
en consecuencia, esta autonomía suya, esta capacidad de alejarse de nuestras
intenciones en el momento de hacer el proyecto y evolucionar, bajo la acción de
las interacciones ecosistemáticas, hacia otros significados y otras condiciones
de existencia.
Ecología de
lo artificial y valor de la complejidad
Mirar lo artificial como un sistema significa considerar el pluralismo evolutivo que lo ha conformado. Significa leerlo como un polisistema que se construye a través de la interacción, el antagonismo, la cooperación, la complementariedad entre múltiples puntos de vista, entre múltiples racionalidades. Esta manera de ver las cosas proporciona al
diseñador enseñanzas de dos tipos: una relativa a lo que se debe hacer y otra
relativa a cómo pensar el propio rol.
La primera enseñanza atañe al valor de la
complejidad de los sistemas tecnológicos y da la indicación, en cuanto al
diseño, de actuar para aumentarla. Mirando la naturaleza uno se da cuenta, de
hecho, de que un ecosistema es más «frágil» cuanto menor es la información
genética de conjunto que se encuentra en él, o sea, cuanto menor es la variedad
de los organismos en él presentes. De forma parecida se puede decir que algunos
sistemas técnicos o familias de productos basados en una única racionalidad y
en una única estrategia operativa (aunque muy bien estudiada y optimizada)
tendrían un comportamiento análogo al de un ecosistema natural compuesto de
pocas variedades de organismos (aunque muy especializados): se trataría de
sistemas frágiles, es decir, sometidos al riesgo de fracturas catastróficas.
La lectura ecológica de lo artificial, en
coherencia con todo lo que hemos obtenido de la lectura genealógica de lo
artificial, nos lleva, por tanto, a valorar la complejidad de los sistemas
técnicos, es decir, a incentivar la copresencia de soluciones impuestas
siguiendo lógicas diversas y formas diversas de racionalidad. La articulación
de los sistemas energéticos, de los productivos, de los mercados y de las
autonomías, de tas culturas dentro de las que se producen el consumo y el
disfrute de los bienes y servicios, constituye, de hecho, la «riqueza genética»
del ecosistema artificial, la garantía de su capacidad de evolucionar con
continuidad a pesar de los cambios que se puedan dar en un contexto más amplio.
Ecología de
lo artificial y responsabilidad individual
La lectura de lo artificial como producto de la interacción, es decir, de antagonismo, cooperación y complementariedad entre una multiplicidad de entidades diversas, ayuda a redefinir el rol del diseñador. Si la producción de lo artificial es un fenómeno complejo, los sujetos pueden jugar un rol que es significativo, pero en absoluto decisivo. En otras palabras: cada subjetividad tiene un peso (y, por tanto, una responsabilidad), pero ninguna subjetividad está en situación de dominar el sistema entero. Esta combinación entre diseño (es decir,
intención subjetiva) y relaciones sistemáticas (es decir, leyes
suprasubjetivas) es la manera de afrontar la producción de lo artificial,
saliendo de las tijeras paralizantes que forman la idea de un artificial que,
en tanto que producto del hombre, puede ser concebido como un diseño unitario
(con el consiguiente delirio de poder del diseñador-demiurgo que diseña y produce
sobre la base de una única racionalidad, el conjunto del ambiente, desde una simple
cuchara hasta una ciudad entera) y la de un artificial que se produce
autónomamente, según leyes que no tienen nada que ver con nuestras elecciones
(el diseñador débil, que se somete a las reglas del sistema en el que opera, sean las que sean, o que, viceversa, se
retira a espacios marginales de crítica minoritaria).
Cada artefacto, cada imagen, cada idea,
tiene en sí algo de la racionalidad, de los valores, de la emotividad de quien
la ha diseñado, producido, ideado. Pero cada uno de ellos es parte de un
sistema dinámico más amplio y complejo: un sistema con unos equilibrios y
desequilibrios, y, por tanto, con una calidad final que depende de los
conflictos y de las relaciones de fuerza que se generan entre los subsistemas y
las partes constituyentes, en lucha por garantizar la propia existencia en el
interior de los límites establecidos.
Los límites
como oportunidad
La conciencia de la existencia de los límites es otro aspecto importante que caracteriza una lectura ecológica de lo artificial. De una cultura pensada en el interior de
una dinámica de desarrollo lineal y continuo, hoy hay que pasar a una cultura
que sea capaz de pensarse a sí misma y de pensar en la posibilidad de cambiar
en presencia de límites establecidos.
De algunos límites físicos (de los
recursos, de la energía, del territorio), a estas alturas ya se ha tomado
conciencia (si bien esto no significa que ya se hayan puesto a punto los
instrumentos culturales y las praxis operativas adecuadas a esta nueva
conciencia). Pero el concepto de límite está emergiendo también en otros campos
de la producción y del consumo material e inmaterial: desde los límites del
mercado de las sociedades industriales (con la evidencia de su saturación)
hasta los límites de la semiosfera (con la emergencia del tema de la
contaminación semiótica) (Volli, 1988).
Y no podría ser de otra manera: la idea de límite es coherente con la de
ecosistema. La lectura ecológica de la realidad, es decir, la extensión de la
aplicación de los modelos ecológicos en los campos de investigación más
diversos, sólo puede poner de manifiesto en cada uno de ellos aquellos límites
que son un aspecto constitutivo del propio modelo.
Pero, una vez evidenciado el carácter
coextensivo de los términos «ecología» y «límite», cabe precisar mejor cómo
debe ser entendida la idea de límite en el marco de una visión ecológica de la
realidad. En el interior de esta visión, el concepto de límite pierde, de
hecho, la connotación negativa de «impedimento» que tiene habitualmente (el
impedimento por conseguir un resultado determinado) y se liga a la de vínculo y
de oportunidad. De hecho, en el nuevo cuadro epistemológico, «la ley, como
expresión de vínculo, define, dadas determinadas condiciones, los límites de lo
posible. Pero no limita simplemente los posibles [...] el vínculo es también
oportunidad» (CERUTI, 1986 : 17). El límite, pues, según han observado llya
Prigogine e Isabelle Stengers,
no se impone simplemente desde el exterior
a una realidad preexistente, sino que participa en la construcción de una nueva
estructura integrada y determina para la ocasión un espectro de consecuencias
inteligibles y nuevas (Prigogine,
Stengers, 1981fr: 1076).
En la ecología de lo artificial, el límite se convierte así en la señal que indica dónde, en una cierta dirección, acaba el campo de lo posible. En esta definición se subraya el hecho de que el límite no señala el agotamiento del campo de lo posible: indica solamente el fin del campo de lo posible en aquella dirección. Lo que significa que puede haber muchas otras direcciones a tomar. Es más, como se puede fácilmente constatar en la historia de la sociedad, pero también en la experiencia subjetiva de los diseñadores, a menudo ha sido precisamente la aparición de un límite lo que ha generado y puede generar el impulso necesario para buscar en otras direcciones y explorar nuevas oportunidades. El descubrimiento del límite no es, en absoluto, pues, el fin de la historia. Eventualmente, puede hasta ser un nuevo inicio. Se dice que, para operar en la perspectiva
de la sociedad sostenible, los diseñadores han de interiorizar el concepto de
límite. Todo esto es cierto. La idea de límite a interiorizar ha de ser la que
ahora se ha intentado dibujar, es decir; la que se deriva de la observación de
la naturaleza tal y como hoy hemos aprendido a mirarla. Si ello pasa, la
interiorización de los límites (físicos y semióticos) podrá, sin duda, iluminar
nuevas e impensadas posibilidades.
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Sobre l'autor
ENZIO MANZINI
Arquitecte i Enginyer pel Polit è cnic de Mil à . Vice-president de la Domus Academy, de Mil à , i professor de Tecnologia dels Materials al Polit è cnic. Ha estat conferenciant en diversos seminaris i cursos internacionals.
Col·laborador en diverses revistes de disseny, ha estat autor, entre d'altres
llibres, d'Artefatt i i La mat e ria della invenzione.
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