10
NATURA, DISSENY I INNOVACIÓ,
1994
Una metáfora darwiniana. Objetos, sistemas artificiales y mutaciones tecnológicas en una perspectiva evolutivaMás allá de la fundamental e irreductible diferencia entre
el carácter finalista de la evolución biológica y el carácter intencional de la
actividad humana, entre los procesos aleatorios que regulan las fuerzas
naturales y el control directo ejercido sobre la esfera tecnológica, las ideas
más generales sobre el isomorfismo entre biología y tecnología han sido objeto
de investigación de campos disciplinarios heterogéneos que han desarrollado
aspectos específicos de los mismos. De estos estudios, algunos son sólo
relativamente conocidos, como es el caso de las contribuciones teóricas al
concepto de progreso en los sistemas vivientes y en los sistemas tecnológicos.1 En esta dirección, una primera aproximación
biotecnológica inauguraba, a mitad de los años treinta, con los estudios del
alemán Franz,2 la utilización del estudio comparativo para
llegar a una mejor comprensión de la evolución biológica; en ese caso se
introdujo el término «progreso biotécnico», con el que se definían las mejoras
estructurales y funcionales de los organismos que podían ser definidos a través
de su eficiencia.
El significado de progreso en los sistemas vivientes
y en la tecnología fue poco después objeto de especulación teórica específica,
en particular en la Unión Soviética, a partir de los años setenta y desembocó
en los estudios sobre las similitudes esenciales relativas a las tendencias
comunes hacia la complejidad creciente, el aumento de la autonomía, la
progresiva fiabilidad.3
En cambio, han gozado de amplia y articulada divulgación
los estudios desarrollados en el campo de la biónica, donde la simulación de
los procesos vítales ha representado ya no una aproximación de tipo puramente
cognitivo, sino un programa operativo que permite traducir los isomorfísmos
entre evolución orgánica y tecnología en elementos de diseño de lo artificial.
En la base de estos diferentes ámbitos de investigación, no
obstante, se puede distinguir aquella metodología común que consiste en el
hecho de considerar un sistema biológico examinado como el prototipo del que
derivar un modelo que resulta sucesivamente interpretado en el proyecto o en el
estudio de un sistema artificial. El proyecto o la interpretación así derivados
no tienen la finalidad de abastecer directamente la fase resolutiva de un
posible avance tecnológico. De hecho, una vez individualizado un principio
biológico que parece útil, éste abastece tan sólo un esquema orientativo, una especie
de andamio para la solución proyectiva o conceptual. Se espera después que los
desarrollos sucesivos y los incrementos en una dirección específica producirán
un sistema autónomo en relación al sistema biológico originario del cual se
había partido. La biología, que es la primera de las ciencias naturales en
afrontar el tema del diseño, ofrece en este sentido un aparato que se presenta
especialmente rico en instrumentos conceptuales: cambios morfológicos,
comportamiento de sistemas dinámicos, transmisión de informaciones, así como
los conceptos de completitud, coherencia, correlación, integración. La premisa
indispensable descansa, naturalmente, en el conocimiento de aquella parte de la
biología de donde hay que extraer el modelo para hacer posible un procedimiento
que implique una serie de fases sucesivas: la selección del sistema biológico,
que puede ser investigado en virtud de la compatibilidad con su análogo
artificial; el proceso de abstracción necesario para definir los límites del
sistema investigado; la operación de traducción con la que se produce la re
presentación del modelo. De la última de estas fases, por lo tanto, es posible
pasar a la interpretación del modelo sobre la base de la construcción de un
sistema artificial que se le corresponda y, en fin, a su verificación. El
acercamiento analógico puede, además, dar lugar a retroacciones positivas en el
sistema tomado como modelo y, por extensión, en el campo disciplinario al que
pertenece, que, a su vez, se puede prestar a nuevas interpretaciones.
A los campos de confrontación hasta ahora descritos
—biología y tecnología— se ha añadido, al menos, una tercera disciplina que ha
obtenido, a partir de la construcción metafórica, desarrollos autónomos y
relevantes: la economía. El uso de la expresión «teoría evolutiva» aplicada a
los estudios económicos, como alternativa a las teorías ortodoxas, ha sido, a
su vez, el signo de que las ciencias naturales pueden constituir la fuente de
conceptos clave comunes a campos disciplinarios diversos, perpetuando un
acercamiento que tiene un antecedente clásico en la contaminación entre el
pensamiento de Malthus y el de Darwin. Contactos fecundos entre biología y
tecnología han puesto en marcha elaboraciones que han investido tanto las leyes
de la mutación tecnológica como los modos a través de los cuales el devenir
tecnológico recae sobre las implicaciones económicas.4
En una posición difícilmente situable entre la operatividad
de la biónica y la formalización de las teorías económicas «evolutivas», se
coloca el campo de aquellos estudios especulativos que, sin gozar de la
autonomía de un corpus unitario, pueden ser reconducidos a la denominación de
«darwinismo tecnológico»: una denominación que no es con seguridad índice de la
organicidad de las contribuciones teóricas que recoge —por otra parte muy
heterogéneas—, sino más bien de una aproximación común a releer, sobre la base
de la metáfora tomada de la teoría de la evolución y sacando de ella nuevos
elementos de conocimiento, la forma en que evolucionan objetos y sistemas
artificiales.
El significado y algunas posibles implicaciones de esta
aproximación constituyen el objeto de análisis de este trabajo.
Evolución y
tecnología
En la construcción de toda analogía posible y, por lo tanto, también las que pueda haber entre biología y tecnología, entre evolución de lo vivo y evolución artificial, ya se decía cuan necesario es haber decidido a priori, o quizás tan sólo intuido, aquella zona más allá de la lógica y de la experiencia donde parece lícito construir la similitud. En consecuencia, ¿por qué es posible pensar que el ámbito
de la mutación tecnológica puede obtener un incremento de conocimiento de la
analogía con un modelo, el de la evolución, que proviene de la biología?
Estas reglas fundamentales de la comparación
entre la evolución biológica y el cambio tecnológico ponen en evidencia, en
realidad, todos sus aspectos discutibles. Verdadera trampa intelectual, las
analogías de este tipo ofrecen, en opinión de Stephen Jay Gould, ejemplos de
efectos más nocivos que útiles. El mismo Gould escribe: «La evolución biológica
es una mala analogía del cambio cultural»,5 y esto por razones que
no podrían ser más radicales: el ritmo de la evolución cultural tiene unos
tiempos enormemente, incomparablemente más veloces que cualquier cambio
biológico; la evolución cultural, en segundo lugar, es lamarckiana, con los
resultados de una generación que se transmiten directamente a la siguiente
provocando aquella velocidad de cambio desconocida en la naturaleza: la
evolución biológica es de hecho indirecta y darwiniana y las características
favorables son transmitidas a los descendientes sólo si casualmente se han
originado a partir de cambios genéticos. En fin, la evolución biológica es un
proceso de constante divergencia mientras que el árbol de la cultura puede
seguramente divergir en sus ramificaciones; pero también puede converger,
reunificar, recuperar pasados reversibles.
¿Por qué entonces, a pesar de estas
irresolubles diferencias que, más que estimular la comparación, disuadirían de
hacerla, parece no sólo posible, sino incluso útil recurrir a la analogía?
La motivación fundamental descansa en el
reconocimiento de que tanto la evolución cultural, de la que la cultura
material forma parte, como la evolución biológica son sistemas de cambio
histórico. Las dos son, como sugiere la raíz de la palabra «evolución», formas
de un despliegue cuyo orden es posible interpretar o reconstruir.
La comparación con la biología y alguno de
sus principios formulados en la teoría darwiniana y en la sucesiva síntesis
moderna no sirve, por lo tanto, para explicar el cambio tecnológico. Lo que se
pide es, como máximo, si de los dos campos disciplinarios diferenciados, de los
dos conjuntos de información, se puede obtener elementos profundos de ellos,
comunes a la organización de los dos, de modo que sea posible reconocer los
principios de estructura general que están en la base de todos los sistemas que
evolucionan históricamente, buscando las posibles regularidades que gobiernan
las leyes del cambio, con independencia del sistema considerado.
No hay ninguna semejanza que demostrar, por
lo tanto, entre organismos y máquinas, entre sistemas naturales y artificiales.
Pero, a la luz de los avances actuales de los estudios epistemológicos sobre la
naturaleza general del cambio no sólo de los sistemas biológicos, sino también
de los culturales, es plausible creer, como escribe Gould,
que, en la base de
los sistemas estructuralmente afines que actúan mediante reglas evidentes
diversas, hay unos principios generales. La verdadera unidad no reside en
aplicaciones erróneas de estas reglas evidentes (como la selección natural) a
ámbitos extraños (como el cambio tecnológico), sino en la búsqueda de las
reglas más generales de la estructura y del cambio.6
Darwin entre
las máquinas
El antecedente más citado y la referencia obligada para todo estudio orientado hacia la construcción de una analogía entre evolución tecnológica y evolución biológica son siempre algunos de los escritos de Samuel Butler, entusiasta converso al evolucionismo de Darwin que llegó a ser rápidamente uno de sus mayores y más sarcásticos críticos, prefiriendo posiciones más próximas a las teorías de Jean-Baptiste Lamarck. En el largo y tortuoso recorrido que lo vio primero entusiasta y convencido darwinista y después áspero opositor y devoto lamarekista, Butler expresó su posición en el debate biológico releyendo la evolución tecnológica en analogía con la evolución natural. Agrupadas principalmente en la novela Erewhom
7 de 1872, tales ideas habían sido elaboradas un decenio antes y
publicadas en la forma de los ensayos «Darwin a mong the Machines»8
y «Lucubratio Ebria».9 En el primero ya aparecen los elementos más
importantes de la metáfora literaria entre la teoría de la evolución de Darwin
y la evolución de las máquinas: la introducción de las expresiones «vida
mecánica, reino mecánico, mundo mecánico», reconocía y sancionaba la autonomía
de un universo que, como los reinos animal y vegetal, podía prestarse a la
clasificación según géneros, subgéneros y especies.
El reconocimiento de un específico mundo
mecánico a semejanza de la naturaleza inducía a Butler a individualizar un
campo de investigación en el que fuera posible descubrir aquellos anillos
intermedios que unen entre sí máquinas de diferente especie; donde fuera
demostrable que la selección operada por el hombre desarrolla la misma función
que la selección natural; y donde el estudio de órganos atrofiados o inútiles
pudiese, en consecuencia, ayudar a reconocer la descendencia de tipos ancestrales
pasados a una nueva fase de existencia mecánica.10
Los elementos que Butler extraía de la
teoría de la evolución para dibujar su comparación metafórica se configuraban
esencialmente en la posibilidad de la reconstrucción genealógica de la
diversificación en el reino mecánico, en la existencia de un mecanismo
selectivo aplicado por el hombre que permita la supervivencia del más adaptado
en el sentido darwiniano y, en fin, en el reconocimiento de un concepto de uso
y desuso —de matriz lamarckiana— aplicable a la evolución de los órganos
artificiales.
A estas analogías se suma la referencia a
la comparación en términos morfológicos, individuada en la presunta disminución
progresiva de medida que de forma similar habría acompañado a la evolución de
ciertos invertebrados y al desarrollo de las máquinas," que superaba la
aparente imposibilidad de comparar la capacidad reproductiva de los organismos
vivientes.
El tema central elaborado en estos ensayos
—el desarrollo de la tecnología— vuelve a aparecer en los capítulos de Erewhom,
donde la teoría de la evolución es aplicada al campo mecánico con la
finalidad última de mostrar el absurdo evidente de tratar las máquinas como
organismos y, en consecuencia, los organismos como máquinas; un objetivo que
constituía una dependencia implícita del mecanismo que Butler reconocía en la
teoría de Darwin.
El punto de partida de la crítica de Butler
es la convencional analogía entre máquinas y organismos. En una observación
incluso genérica, los dos géneros muestran, de hecho, propiedades comunes
evidentes: tanto las máquinas como las plantas y los animales dependen de
fuentes externas de energía; todos ellos regulan y controlan sus actividades;
si bien sólo los organismos vivientes parecen capaces de reproducirse
autónomamente, es cierto, no obstante, que en algunos casos esto sucede
solamente sobre la base de la mediación de otros organismos. Si hay que
destacar una verdadera diferencia, ésta parece ligada, no a propiedades
intrínsecas, sino a la diferente velocidad con que evolucionan los organismos y
las máquinas. Estas últimas están, de hecho, sujetas a una evolución muy veloz
que puede escapar del control del hombre, favoreciendo —tema apreciado por
Butler— la supremacía de las máquinas.
Más allá de la ironía de Butler y de su
crítica al evolucionismo, un tema ulterior, elaborado también en Erewhom, parece
—revisado con la mirada del presente— claramente anticipador: es la idea de la
máquina como órgano extracorpóreo, prolongación artificial de las capacidades
fisiológicas. Véase, por ejemplo, cómo se desarrolla la analogía entre
herramientas y órganos según Butler:
Mirad al hombre que excava con el arado; el
antebrazo derecho se ha alargado artificialmente y la mano se ha convertido en
una junta. La empuñadura de la azada es como la protuberancia que hay sobre el
brazo, el mango es el hueso añadido y la hoja de hierro oblonga es la nueva
forma que adopta la mano, forma que permite a quien la soporta remover la
tierra de una manera que con su mano originaria sería imposible,
Y agrega: «Una máquina es tan sólo un miembro suplementario; he aquí la naturaleza y la función de las máquinas.»" La máquina aparece, por lo tanto, como un estadio superior de desarrollo del hombre, cuya evolución global —coherentemente con las posiciones asumidas por Butier— acaba por adoptar caracteres marcadamente lamarekianos: las herramientas del hombre, órganos extracorpóreos, se desarrollan al mismo tiempo que los órganos biológicos mediante esfuerzos decididos y no de la casualidad ciega. Uso y desuso pueden, además, intervenir en la definición de órganos residuales o rudimentarios, acerca de los que Butler no dejaba de dar significativos, si bien limitados, ejemplos. De la lectura de las metáforas de Butler,
más allá de su objetivo y del significado en la argumentación específica,
emergen con claridad algunos temas que justifican un primer nivel de
aceptabilidad de una lectura evolutiva extendida a la cultura material. Esto es
así por la visión de la supremacía de las máquinas, o por la idea de un
desarrollo de las manufacturas y de las máquinas según una serie de despliegues
de orden sucesivo. La intuición del contínuum «hombre-arto-artificial»
contribuye a definir una nueva perspectiva, en la que la metáfora clásica del
cuerpo como máquina (que a su vez sustituía históricamente la imagen precedente
del cuerpo como metáfora del cosmos) paradójicamente pierde su integridad
metafórica para ganar una consistencia real. La homologación de cualquier
objeto, de cualquier herramienta, a una prótesis, o a aquello que puede
sustituir o potenciar al órgano humano, elimina, de hecho, conceptualmente, el
significado de la metáfora: cuerpo humano y órganos extracorporales, no
contrapuestos, desde el punto de vista funcional acaban por compartir la misma
naturaleza.
Las implicaciones y los desarrollos que la
modernidad ofrece a esta perspectiva son conocidos: la prótesis es expansiva y
sustituye miembros miserables, como testimonia la historia de la medicina; o
prolonga y potencia el órgano humano que falta, se orienta a copiar y sustituir
códigos y programas, insinuándose así en el proceso de la vida mucho más
profundamente.13
La analogía
darwiniana clásica: pruebas y errores
El modelo sobre el que está más
frecuentemente construida la analogía convencional de la evolución de las
manufacturas se origina en las tres observaciones fundamentales elaboradas por
Darwin en el Origen de las especies.
La primera revela
cómo todo ser vivo se
propaga naturalmente con una progresión tan rápida que, si no intervinieran
causas de destrucción, la Tierra quedaría en poco tiempo cubierta por la
progenie de una sola pareja; 14
y es sabido cómo de esta observación (y de la sugestión del ensayo de Robert Malthus, 15 en el que se afirmaba que la sociedad humana crece a un ritmo más
rápido que los medios de subsistencia disponibles) Darwin extrajo aquel
concepto de «lucha por la existencia» destinado a constituir un principio de
orden general en su teoría.
La segunda observación importante implica,
de hecho, que entre los individuos de las diferentes especies ha de tener lugar
una lucha por la supervivencia, ya sea en forma de competición de los
individuos jóvenes para conseguir la madurez, ya en forma de una superioridad
reproductiva.
La tercera observación esboza, finalmente,
el concepto de variación: los individuos presentan características diversas,
algunas ventajosas en términos de lucha por la supervivencia, otras no tan
favorables; los individuos con ventajas tienen en este sentido más
posibilidades de reproducirse y de transmitir hereditariamente los caracteres
favorables que poseen, mientras que las modificaciones no ventajosas están
destinadas a desaparecer.
La intuición de Darwin más relevante fue,
sin embargo, haber transformado las diferencias entre individuos en el ámbito
de una especie en diferencias entre especies en el espacio y en el tiempo.16
Considerando que el cambio evolutivo representa el resultado de la variación
entre especies y de las sucesivas alteraciones en el tiempo, Darwin fue capaz
de describir una mecánica y una cinemática del mecanismo de la transformación
de la variación, el principio de la hereditariedad y el principio de la
selección natural.17
Estos conceptos clave de la teoría de
Darwin encuentran una primera y parcial aplicación en el campo de la cultura
material gracias a los estudios sistemáticos de carácter antropológico y
arqueológico sobre las modalidades con que las herramientas han sido producidas
y desarrolladas en las culturas primitivas. Una aproximación que, a partir de
las reconstrucciones esquemáticas de las manufacturas, no carece de
elaboraciones e hipótesis muy específicas, como es el concepto de «ortogénesis
de las herramientas» formulado por Leroi-Gourhan, quien, «impresionado por la
analogía con algunas evoluciones paleontológicas», admitía, de esta manera,
como hipótesis un hecho técnico general.18
Siendo universalmente reconocida la
variabilidad de los productos de la actividad humana, un ulterior paso en la
analogía entre evolución orgánica y evolución tecnológica consiste en la identificación
de la hereditariedad con la copia.19 Las herramientas constituyen,
de hecho, la copia de modelos precedentes, asegurando la reproducción exacta de
los tipos en el interior de unas sociedades, las primitivas, fundamentadas en
la estabilidad no sólo social sino también de las formas de producción
material. Esta estabilidad puede constituir el equivalente en términos
tecnológicos de la estabilidad de la forma que confiere la herencia genética.
No obstante, aun en la estabilidad de las secuencias de los objetos primitivos
—y análogamente en todo lo que pasa con los organismos vivientes—, es lícito
esperar la aparición de una pequeña modificación en las copias y leer
variaciones asimilables a las descritas por Darwin: modificaciones mínimas que,
en la medida en que sean capaces de otorgar una ventaja, tienden a ser
seleccionadas como favorables. Tampoco aquí es necesario que todas las
variaciones que surjan de las copias sean ventajosas. Observa de hecho
Steadman;
Es posible que las variaciones sean introducidas
simplemente de forma accidental, al azar, y que el mecanismo de selección sea
el que garantice la difusión de la característica ventajosa y la
eliminación de la desventajosa.20
Esta primera forma de analogía aplicada a las manufacturas introduce también una lectura específica de la relación entre la manufactura y el tipo, entre la copia y el modelo. Si el tipo constituye aquello que se
transmite efectivamente con la copia, es lícito considerarlo como el conjunto
de las instrucciones genéticas transmitidas. La analogía sugeriría a la vez que
también por lo que respecta a las manufacturas se puede hablar de un proceso de
transmisión de las informaciones inherentes a su funcionamiento y a su
producción, informaciones que concurren a definir el «modelo guía» al que el
artesano —-siempre se está hablando de las sociedades primitivas— hace
referencia.
En este sentido no es la manufactura
concreta lo que evoluciona, sino el tipo abstracto al que corresponden las
manufacturas específicas. La distinción ofrecida por la biología entre
genotipo, como descripción de la especie transmitida por herencia biológica, y
fenotipo, que concreta físicamente la información del genotipo, ofrece el
modelo de una distinción análoga entre tipo y manufactura concreta, e introduce
el tema de la diferencia entre variaciones hereditarias y modificaciones
inducidas por el ambiente. Recordemos brevemente cómo en la naturaleza el
genotipo, esto es, el conjunto de instrucciones constituidas por los genes, es
físicamente realizado por el fenotipo, cuyo proceso de desarrollo es, no
obstante, suficientemente flexible para soportar los condicionamientos directos
del ambiente. Tales variaciones inducidas no son, sin embargo, transmitidas a
los descendientes.
Por lo que respecta a las manufacturas es
análogamente observable cómo a pesar de existir un tipo abstracto, una forma a
priori, es posible cada vez realizar fenotipos diferentes sobre la base,
por ejemplo, de los materiales disponibles localmente. Los factores
ambientales, para decirlo con Steadman,
actuando sobre la producción o el
desarrollo de la manufactura, es factible que tengan como consecuencia ligeros
cambios o variaciones en la forma entre un objeto de un tipo determinado y
otro. (Si tales variaciones pueden ser «hereditarias» en el caso de la
tecnología, es
una cuestión bastante más compleja.)21
Superando la duda expresada por Philip Steadman, es en realidad indiscutible que en los productos de la actividad humana —a diferencia de lo que sucede en la naturaleza— las modificaciones y las variaciones inducidas por condiciones ambientales específicas pueden ser directamente heredadas por los productos de las generaciones sucesivas. De los principios generales de la teoría
darwiniana queda por considerar el verdadero núcleo, aquel principio de la
selección natural que confluye en el proceso de prueba y error, donde las
pruebas (la variabilidad) son
aseguradas por la aparición de la variación y los errores (los no adaptados)
son eliminados. La aplicación metafórica del concepto ilumina la doble utilidad
de ésta como instrumento conceptual; por una parte, desarrolla un rol
convencional en la función de elección intencional realizada por el hombre o
por el mercado respecto de los productos de su actividad; por otra, abre la
perspectiva que Steadman define como analogía ecológica, 22 capaz de leer la progresiva «adaptación»
de las manufacturas operando en la escala de las interrelaciones entre forma,
función y ambiente.
Una
historia natural de las manufacturas
En el interior de los enfoques muy diversos en que
inicialmente se entrelazan las metáforas de Samuel Butler, las primeras
clasificaciones de los estudios antropológicos y las sugerencias de Herbert
Spencer, la centralidad de la manufactura como unidad primaria de la evolución
de la tecnología permanece inalterada.
Es posible en este sentido reconocer que una parte de las
contribuciones en la dirección del darwinismo tecnológico converjan
inicialmente en una veta —destinada a renovarse en el tiempo— que esboza la
evolución de los productos de la actividad humana como reconstrucción
genealógica de las familias de las manufacturas, donde éstos tienen la misma
importancia que las plantas y los animales en la evolución orgánica.23
La historia natural aparece en este sentido como la fuente
de la cual obtener un método o un sistema clasificatorio de géneros, especies y
variedades que se presta a ordenar manufacturas a partir de las formas
correlativas.
La secuencia de lo simple a lo complejo, de lo homogéneo a
lo heterogéneo, es reconocida, en los tiempos contemporáneos, como el principio
informador de la escala del progreso material. Las manufacturas más antiguas y
sus descendientes pueden, de esta manera, ser ordenados en series
progresivas y continuas que hacen visible la evolución de la cultura desde los
estadios primitivos a las formas más altas de la civilización.
La colección de manufacturas de Pitt-Rivers24 constituye uno de los primeros ejemplos de
organización científica de la clasificación de un grupo de manufacturas según
un esquema evolutivo.
Inspirado posiblemente en las muestras etnográficas de la
Great Exhibition, Pitt-Rivers tuvo la idea originaria de un conjunto de
herramientas, instrumentos e invenciones hacia el año 1852, cuando se le
encargó la experimentación de nuevos modelos de fusiles para el ejército
británico y la preparación de un manual de instrucciones. Mientras examinaba el
desarrollo histórico de las armas modernas, Pitt-Rivers concentró su atención
en la gradualidad y la lentitud del proceso de perfeccionamiento, concentrado
en pequeños progresos en el rendimiento y en modificaciones mínimas en la
organización conjunta de los componentes. De aquí la idea de que principios
análogos gobernaran el desarrollo de otras manufacturas y, por lo tanto, el
interés en la recogida y la clasificación, para suministrar una reconstrucción
de sus relaciones y orígenes históricos.
Igual que pasaba con los organismos estudiados por la
historia natural, también en relación con las manufacturas se proponía el
problema del eslabón perdido y de la dificultad para establecer en qué medida
un objeto era idóneo para ser insertado en una secuencia. Entre las más grandes
críticas a la teoría de la evolución, la que hacía referencia a las evidentes
lagunas de formas intermedias entre las especies existentes constituía desde
siempre un punto crítico que el propio Darwin había anticipado analizando en el
Origen de las especies la imperfección de las documentaciones
geológicas.25
En cualquier caso, seguía siendo premisa indispensable que
la naturaleza no hace saltos, que el progreso de la evolución es siempre
gradual y procede por pequeños perfeccionamientos. Pitt-Rivers consideró que
esta misma evolución gradual se verificaba en las manufacturas primitivas y que
sólo la desaparición de las formas intermedias, como la extinción de especies
animales o vegetales de transición, daba la falsa impresión de objetos
«inventados» separada e independientemente.20 De manera análoga, las invenciones modernas se
prestaban a ser leídas como el resultado de una evolución por pequeños
estadios, rastreable tanto en los estadios intermedios de la actividad de ideación como en las
fases de experimentación.
La forma es en todo caso el principio
ordenador de las secuencias de Pitt-Rivers, donde los utensilios se muestran en
sucesión correlativa organizada sobre la base de imperceptibles o perceptibles
desviaciones formales. La imagen que de esto se deriva —al menos en lo que
respecta a las manufacturas primitivas— es la de una lenta sucesión, de la
formación de secuencias que —sin un diseño preconstituido— sufren el proceso de
selección aplicado por el hombre, capaz de realizar manufacturas más idóneas
para finalidades específicas, de descartar a las menos adaptadas, de modificar
gradualmente las «supervivientes». En la variación progresiva de los objetos y
en la posibilidad de reconstituir su historia hay hasta aquí implícita una
interpretación del cambio, del todo continuista, destinada con el tiempo a ser
objeto de controversias tanto en la biología como en la tecnología.27
Más allá de la entusiasta adhesión a la
idea de la evolución de las manufacturas, el trabajo de Pitt-Rivers muestra los
límites evidentes de una utilización reductiva de la teoría de referencia, que
acaba confinada a la reconstrucción «paleontológica» de algunos tipos de
utensilios. A la vez estos estudios cumplen una función positiva, ofreciendo
una concepción original destinada a durar: superado el fervor clasificador que
habrá en la base de las múltiples taxonomías de los objetos, lo que queda es,
finalmente, el reconocimiento de un estatuto de existencia de la manufactura
que, a partir de entidades inertes que responden a una necesidad, deviene una
fase significativa de una secuencia que se puede recorrer hacia atrás paso a
paso, hacia la génesis de la propia manufactura.
Genética
del objeto industrial
Casi un siglo después de la clasificación de Pitt-Rivers, lo que puede ser definido como una genética de los productos industriales adquiere forma completa en el trabajo de Yves Deforge, donde la comprensión del objeto industrial pasa por la apropiación de una dimensión evolutiva que se convierte en la condición esencial para la reflexión sobre las técnicas industriales y sobre los productos que de ellas se derivan.28 A diferencia de la mayor parte de las analogías
hasta ese momento utilizadas, para Deforge la integración del concepto de
evolución se produce a través del desarrollo de verdaderos aunque rudimentarios
instrumentos operativos: las nociones de descendencia genética, de ley de
evolución, de redes de relaciones del objeto con el sistema del que forma
parte.
La descendencia genética del objeto
industrial parece constituida por objetos que tienen la misma función de uso y
que ponen en práctica el mismo «principio». Para esto se ha introducido una definición
específica, tal la de esencia tecnológica, que se manifiesta mediante
las soluciones y las formas, y que lo sitúan entre la expresión del problema y
la solución obtenida.2' El principio constitutivo de una línea
genética puede, en consecuencia, ser individuado en una patente de invención o
—más libremente— en un tipo, si bien el fundamento no deja nunca de ser el
fenómeno físico-químico activado por el propio objeto. Por lo que respecta al
automóvil, el principio que fundamenta una descendencia podría ser un tipo
estable, o bien un componente fundamental como el motor y sus modalidades de
funcionamiento, o incluso una característica estructural. Una vez individuado
el principio de referencia, la línea genealógica se presenta como el
ordenamiento cronológico de objetos que comparten una misma función de uso.
Desde el origen de una línea hasta el abandono o la interrupción de la misma,
los objetos que forman parte de ella siguen una progresión que va en la
dirección de perfeccionamientos sucesivos. Estas mejoras que se introducen en
el ámbito de los objetos artificiales son
una especie de formalismo por el cual la
adaptación al ambiente, los avances y las regresiones, las convergencias y las
divergencias de las líneas no serían sino microevoluciones en el interior de una
línea de evolución general.30
Un segundo instrumento conceptual formulado por Deforge, las leyes de la evolución, remire a la existencia de muchas descendencias evolucionadas de objetos industriales, cuyas soluciones constituyen ejemplos de progresiva autonomía y concreción. La introducción de este último término está en directa relación con aquel proceso «de lo abstracto a lo concreto» elaborado por Gilbert Simondon en el análisis de la evolución de los objetos técnicos. En la formulación de Simondon el objeto técnico progresa hacia soluciones en las que las funciones entran en relación recíproca, se complementan, se confunden, se funden las unas con las otras hasta constituir un conjunto de formas y funciones orientado hacia la integración total, hacia una clausura progresiva del sistema que constituyen. Al margen de la progresiva integración, los objetos presentan,
además, un aumento de la autonomía de funcionamiento que se traduce en una
tendencia a la autorregulación —en estrecha analogía con los organismos
vivientes—, entendida ésta como una capacidad de respuesta a las perturbaciones
internas y externas, a la mejora de las relaciones físicas entre las partes,
hasta una relativa capacidad de autosuficiencia que «naturaliza» al objeto, que
puede mostrarse capaz, de producir autónomamente la energía para el
funcionamiento o de repararse. La evolución desde la forma primitiva del objeto
técnico, la forma abstracta en definitiva, hasta la concreta permite —para
decirlo con Simondon— enunciar leyes que, como se ha visto, describen un
proceso que va en la dirección de la reducción de las dimensiones, de la
autonomía energética.31 Deforge reconduce las mismas leyes evolutivas de la
autosuficiencia, de la autorregulación y de la correlación de las partes a un
concepto más general de «autoadaptación»,32 en el que coge la imagen de una unidad
integrada compuesta tanto por el objeto industrial como por su ambiente.
Un tercer instrumento conceptual introducido por Deforge responde
de hecho a la necesidad de reconstruir —en una fase específica de la evolución
de un objeto industrial— la red de las relaciones que aquel objeto establece
con su entorno, es decir, el ambiente más amplio del que forman parte el
sistema de producción, de consumo y de utilización. Un punto de vista y un
método propios del estudio de fenómenos que se extienden en largos períodos de
tiempo y que ayudan a definir el milieu associé del fenómeno
considerado,33 que en este caso se configura como el tejido
de las relaciones recíprocas que el objeto realiza con cada subsistema del más
amplio sistema industrial. Si, de los instrumentos propuestos por Deforge, los
dos primeros admiten una visión diacrónica y sincrónica de la evolución de las
descendencias de los productos industriales (los que aparecen como el resultado
tanto del contexto del que forman parte como de un contínuum genético), es, no
obstante, el último el que, con la hipótesis de la reconstrucción del ambiente
asociado al objeto, prefigura los desarrollos de una visión sistemática. Y si
esta perspectiva global queda —en el estudio de Deforge— en realidad sólo
esbozada, comienzan, al menos, a multiplicarse los puntos de vista, de tal
manera que los productos y sus genealogías evolucionan en el interior de un
sistema de producción: las máquinas, dentro de un sistema de utilización; los
objetos, dentro de un sistema de consumo, perfilando así las lecturas parciales
y múltiples destinadas, sobre la base de contribuciones teóricas contemporáneas
o un poco posteriores, a confluir en una visión unitaria de las aproximaciones
sistemáticas.
De la
demografía de los objetos a las especies técnicas
En la hipótesis de construcción de una teoría de los objetos con carácter sociológico, Abraham Moles introducía hace algunos decenios el concepto de «demografía de los objetos», en el sentido etimológico de la descripción de poblaciones y de las variaciones relativas. En el interior de una aproximación clasificatoria de los objetos, sobre la base de una analogía voluntariamente forzada, se prefiguran especies y subespecies, tasas de reproducción de los objetos, duración media de vida, tasas de natalidad y de vejez de los productos, hasta llegar a un posible acercamiento entre la idea de manutención de los objetos y de prevención médica34 Las características de la demografía de los productos planteada por Moles, y de los posibles métodos clasificatorios implícitos,35 ya entonces conducían a al menos dos formas de consideraciones útiles para una interpretación sistemática: en primer lugar, la propia introducción de la noción de demografía prefiguraba una apertura ecológica, en el sentido de la disciplina que considera el equilibrio de las especies, de sus relaciones, de las modificaciones de unas respecto de las otras. Desde este punto de vista las poblaciones de objetos parecían un campo ilimitado de análisis al que cabía acercarse con instrumentos interdisciplinarios. En segundo lugar, aquellas mismas poblaciones presentaban —aun para un observador superficial— un problema desconocido para la ecología tradicional: esto es, la aparición continua y acelerada de nuevas especies artificiales, contrapuestas a la relativa fijación de las especies vivientes. El significado clasificatorio que pretendía dar Moles a las
especies artificiales se alinea al lado de al menos otra definición formulada
en los mismos años: el concepto de «especie técnica», elaborado en el clásico
trabajo de Gilbert Simondon, 36 que
utiliza un repertorio terminológico tomado del campo biológico para construir
—en la línea de la analogía pero con autonomía disciplinaria completa— los
modos a través de los cuales el objeto define su estatuto de existencia.
La especie técnica define en este sentido una primera y
sumaria distinción entre los objetos tomando por base su finalidad práctica, distinción
que, según Simondon, proporciona una especificidad ilusoria,37 dado que el uso reúne estructuras y
funcionamientos muy diferentes.
Si la individualidad del objeto técnico descrito por
Simondon, la especificidad en el sentido de pertenencia a una especie, se
muestra inestable, esto reafirma con firmeza la idea de que todo objeto técnico
se define a través de su génesis.38 La
lectura de Simondon tiene el mérito de permitir una liberación del sentido
convencional de pertenencia a una especie que preceda a la operación de
clasificación. La utilización del que se denomina un método genético tiene, de
hecho, el objetivo primario de evitar el uso de un modelo clasificatorio que de
no ser así intervendría después de la génesis de los objetos para repartirlos a
todos en géneros y especies.
Por el contrario, el objeto técnico es visto en la
dimensión dinámica de su evolución: como en una línea filogenética, el objeto
contiene en sí estructuras y esquemas que determinan sus desarrollos sucesivos.
La evolución prefigurada por el análisis de Simondon se mueve en la dirección
de pocos tipos específicos, que son el resultado de un proceso de
diferenciación y de organización progresiva. Pero, como toda evolución, también
ésta plantea el problema del origen absoluto, que en el examen de Simondon toma
la forma del origen de una realidad técnica específica. El inicio absoluto es
así reconducido a un acto inventivo. El nacimiento de una descendencia de
objetos técnicos viene marcado por un acto sintético de invención que origina
una esencia técnica.'9 Esta esencia es
reconocible por su estabilidad en el interior de una línea que evoluciona y por
su capacidad para producir estructuras y formas por «saturación progresiva». El
objeto técnico primitivo es, de hecho, comparado a un sistema no saturado,
cuyos perfeccionamientos sucesivos constituyen las fases hacia la saturación
del conjunto: de aquí la imagen del objeto como detentador de una «fecundidad»
propia de una «no-saturación» que le permite acceder a la posteridad. Si el
objeto parece sufrir cambios y alteraciones del exterior, son en
realidad las fases de una progresión que da forma a una familia que tiene como
progenitor al objeto técnico primitivo. Una evolución que parece de esta manera
definible como «evolución técnica natural».40
Reino
técnico y tecnoevolución
Gilbert Hottois, en cambio, ha introducido la especificidad de la técnica como «reino»,41 observando la tendencia intrínseca de ésta a constituirse en un ámbito autárquico, aislado y contemporáneamente orientado hacia la proliferación y la asimilación de lo que la envuelve. Si es verdad que la técnica tiende a sustituirse en algunas partes del ecosistema natural en el que se inserta, si la universalidad del ambiente técnico está en situación de producir la imagen de otra naturaleza, 42 parece difícil definir su ámbito como un reino, a imagen del reino animal y del vegetal. El uso del término «reino» no sirve aquí para definir unos
límites, sino para evocar una imagen de homogeneidad orgánica, de especificidad, de
dinamismo de crecimiento, de autonomía y de diferencia, donde la técnica es
reconocible. La autonomía del reino técnico no es sinónimo de ausencia de
intercambios con los otros reinos, sino al contrario: la confrontación de
bioevolución con tecnoevolución43 puede revelarse
esclarecedora.
En un primer nivel, la analogía entre las
dos formas de evolución parece fundamentada en rasgos intuitivos comunes: la
continuidad morfológica que integra las novedades y perpetúa las formas
antiguas (la evolución de una especie correspondería en este sentido a la
aparición de una manufactura); la ocupación de los nichos ecológicos según una
acepción sistemática que es aplicable tanto a la vida como a la técnica (si por
una parte es posible asistir a la supervivencia de una especie viviente en el
microhábitat apropiado, por la otra una especie técnica sólo es concebible en
el interior de infraestructuras que aseguran sus procesos reproductivos, su
conservación y alimentación); un principio general de la lucha por la supervivencia
(en el cual el más adaptado se impone igualmente en el mundo biológico y en el
de la tecnología); la tendencia a la morfofilia, es decir, a la extraordinaria
abundancia de formas, de variaciones intraespecíficas, no siempre justificadas
por las exigencias de función y de adaptación; la abundancia de creaciones que
no siempre encuentran aplicación (por una parte, las variaciones desfavorables
o recesivas; por la otra, las patentes); la naturaleza combinatoria de las
innovaciones (que tanto en biología como en tecnología puede reorganizar todo
lo que ya existe); la presencia de períodos de estabilidad y equilibrio
evolutivo, las discontinuidades repentinas y los saltos de las
mutaciones (el paso a un nuevo sistema teórico o la aparición de una nueva especie
de objetos técnicos); en fin, la idea de evolución como proceso que se va
haciendo cada vez más complejo.44
¿Qué perspectivas abre un procedimiento
analógico de este tipo?
Gilbert Hottois formula la hipótesis desde
múltiples planos de lectura. En primer lugar, siguiendo las líneas de la
hipótesis de un origen, para decirlo de alguna manera, zoológico de la técnica,
como la formulada por Leroi-Gourhan, 45 es posible hundir las raíces
de la aparición de la técnica en la propia bioevolución, de donde saldría una
continuidad de principio entre natural y artificial. En segundo lugar, los
parecidos formales permiten reconstruir las etapas de una tecnoevolución
asimilable por analogía a las bioevoluciones.
En fin, parece legítimo formular la
hipótesis de que las transformaciones que la técnica puede inducir son
susceptibles de adquirir un carácter mutacional y propiamente evolutivo,
completamente distinto de la continuidad implícita en las transformaciones
culturales e históricas.46 La perspectiva evolutiva invita en este
sentido a introducir aquella categoría de la discontinuidad, del alejamiento,
el extrañamiento —propia, justamente, del concepto de mutación tomado de la
biología—, que, como observa Gilbert Hottois, se presenta como infinitamente
más profunda que cualquier hiato histórico.47 En este sentido la
historia de la técnica no parece haber conocido la discontinuidad y el
profundo sentido de fractura que la mutación comporta.
Contemporáneamente, la misma perspectiva
evolutiva se opone a una concepción del crecimiento técnico como un orden de
innovaciones puntuales, monolíticas, casi «insulares», como las define Hottois.
La visión que el proceso técnico provoca es, pues, una visión compleja: el
crecimiento deviene una «proliferación combinatoria que actúa en todos los
sentidos», donde cada nueva invención se sitúa en el entrecruzamiento de
múltiples vectores técnicos, donde cada expansión es fruto de fuerzas y
potencialidades que pertenecen al ámbito técnico en su conjunto. Un proceso que
puede ser asimilado a una forma de a utocrecimiento casi espontáneo, producto
de una combinación proliferadora, «aleatoria y causal al mismo tiempo»,48 que propone la imagen de una physis
y señala la profunda diversidad de esta visión del reino técnico respecto
de las concepciones tradicionales, ancladas en el dinamismo creador de la
subjetividad individual.
Por un
significado neodarwiniano de «tecnología»
El propio concepto de tecnología, entendido como el conjunto de una población de sistemas materiales y no materiales, ha podido ser colocado en una perspectiva neodarwiniana, cuyos fundamentos teóricos están representados por la síntesis de gradualidad y discontinuidad de la evolución. La tecnología se muestra particularmente
adaptada para tales aplicaciones, sobre todo si se la entiende, como escribe
Luciano Gallino,
como un conjunto de órganos, y, más
analíticamente, de rasgos, propiedades o caracteres, sujetos a continuas
variaciones que son aceptadas o transmitidas de forma diferente por las
poblaciones humanas.49
La interpretación de Gallino propone en este sentido que cada sistema tecnológico y sus sucesivas réplicas se modifiquen gradualmente en el tiempo, de modo que en un momento dado una «población»49 tecnológica presentará una distribución de variantes diferente de la de momentos precedentes: aquello que darwinianamente se entiende por evolución y que en la síntesis moderna se define como microevolución. De ninguna manera está ausente de esta lectura la posibilidad de que aparezcan sistemas capaces de introducir procesos y funciones estructuralmente nuevos. Gallino escribe: «Es el equivalente a los saltos tipológicos del ser vivo lo que se define como macroevolución, y hay buenas razones para creer que no es derivable de la microevolución».50 Un fenómeno, el del salto, destinado a dar lugar a sistemas tecnológicos que, aun obedeciendo a la lógica de la supervivencia del mejor adaptado, pueden sustituir a los precedentes pero también convivir con ellos, creando posiciones complementarias. La lectura de Gallino demuestra cómo
recurrir a un modelo evolutivo (en el que convergen el pensamiento clásico
darwiniano y los elementos de la síntesis moderna) para la interpretación de
fenómenos no biológicos puede ir más allá del significado heurístico del
procedimiento metafórico para abrirse a la perspectiva más amplia de la visión
coevolutiva que ve a la biología, la tecnología y los procesos sociales y
culturales como eslabones de una evolución general.
La transposición, propuesta por el mismo
Gallino, del concepto de "idoneidad biológica» al campo tecnológico
representa un desarrollo ulterior de este enfoque.
En la definición formulada por Medawar,
51 en biología la idoneidad se configura como una función combinada que
abarca tanto la supervivencia de un individuo como la multiplicación de la
progenie. Esto significa que, cuanto más tiempo sobrevive un individuo, más
amplio es el período de potencialidad reproductiva. Todo elemento—funcional,
morfológico o adaptativo— destinado a hacer crecer la idoneidad de un individuo
o de una población puede constituir una adaptación que puede ser transmitida a
los descendientes o que puede perderse. En el interior de una población pueden,
además, aparecer rasgos completamente nuevos. En consecuencia, «una población
que exhiba una distribución de rasgos variantes significativamente diferente en
comparación con la población de la que desciende, habrá sufrido una evolución».52
Una lógica análoga parece aplicable también
a los sistemas tecnológicos, considerando que los actuales descienden de los
precedentes y que presumiblemente sean los progenitores de los futuros, y que
tales sistemas contribuirán en esto de manera más relevante que otros
desenvolvimientos futuros. En este sentido es aplicable un concepto análogo de
la idoneidad tecnológica, que implica la interacción de tres órdenes de
poblaciones: organismos humanos, sistemas tecnológicos y sistemas socioculturales,
en el interior de un circuito coevolutivo en el que las poblaciones humanas
influyen en la idoneidad de los sistemas tecnológicos y, a través de éstos, en
la evolución biológica y la socio-cultural. Como apunta Gallino,
organismos del primer orden (seres humanos)
utilizan selectivamente organismos del segundo (sistemas tecnológicos) para
reproducirse ellos mismos y para reproducir organismos del tercer orden
(sistemas socio-culturales) |...]; actuando de tal manera, aceleran la
evolución de los sistemas tecnológicos, y su dependencia de éstos, con efectos
a largo plazo sobre su propia probabilidad de supervivencia colectiva. Tal
circuito hasta ahora no ha sido producto de un diseño intencional, ni hay
signos de que lo vaya a ser; es más bien el producto emergente de innumerables
secuencias de elecciones individuales. Mediante sus elecciones tecnológicas,
cada sector social concurre a determinar el futuro de su especie.53
Las poblaciones tecnológicas que descenderán de las actuales serán el resultado de estas elecciones, realizadas en el interior de una relación entre tecnología y sociedad que «transita por estadios de equilibrio intermitente»54 en el proceso de coevolución entre biología y cultura. Los estados de equilibrio pueden ser descritos como los estadios de una evolución de la que se puede decir que procede por sucesivas apariciones de poblaciones tecnológicas. Afirmar que un estadio tecnológico precedente hace posible el sucesivo sin formarlo significa, además, reconocer un cierto grado de discontinuidad —y con ella un posible carácter mutacional— tradicionalmente ausente de cualquier reconstrucción histórica de cambio tecnológico, A la idea de aparición, no obstante, va unida la de integración, ya que la aparición de una población tecnológica no necesariamente implica la desaparición de la precedente. Una insuperable distancia separa esta
lectura sistemática de la evolución tecnológica, de las metáforas literarias y
de las reconstrucciones genealógicas de los objetos. Hay, sin embargo, un punto
de contacto hacia el cual, a diferente escala, los fenómenos considerados
parecen convergir.
Cuando Samuel Butler, «casi asustado en el
inmenso desarrollo logrado por el mundo mecánico»,55 prefiguraba
máquinas padres y madres de otras máquinas, máquinas dirigidas a la
supremacía, máquinas autónomas, anticipaba con el énfasis literario
decimonónico esta visión de la tecnología como sistema «autotélico» que la
modernidad afronta en toda su extensión. Prefigurando la misma imagen que
Butler, escribe hoy Gallino: «Quizás nunca los sistemas tecnológicos operarán
entre nosotros expresando una conciencia y una voluntad propias»; 56
pero, al margen de las metáforas y a la luz de las dinámicas coevolutivas, los
mismos sistemas parecen en tales casos evolucionar principalmente en función de
«sus» intereses reproductivos y no de los sistemas biológicos y socioculturales
de los que son parte integrante. La dependencia de los sistemas humanos
respecto de la tecnología llega al punto de asignar, como señala Gallino, «una
prioridad absoluta al mantenimiento de las condiciones de supervivencia de los
sistemas tecnológicos». Esto puede reclamar la imposición a los individuos y
a los grupos de comportamientos que disminuyan su idoneidad biológica y
cultural (definidos así como un gigante mecanismo entrópico que, por una
parte, introduce constantemente novedades que se autoorganizan y, por la otra,
sustrae flexibilidad y empobrece el sistema más amplio del que forma parte) y
acaben por no ser más controlables en su conjunto, como si dependieran de
dinámicas propulsivas autónomas.57
Naturaleza
morfogenética de la innovación
La adopción de un paradigma evolutivo para el estudio no sólo de los mecanismos del cambio tecnológico sino también del sistema económico-industrial en su globalidad está, a su vez, motivada por razones de gran alcance: el capitalismo industrial ha sido, de hecho, considerado como un sistema intrínsecamente evolutivo58 capaz de contener en su interior los elementos y las fuerzas de un cambio autopropulsivo capaz de modificar tanto los sistemas tecnológicos como los engranajes económicos y culturales. En la hipótesis de una teoría evolutiva de
la producción industrial, la relectura del proceso innovador juega un rol
fundamental: si de hecho los posibles procesos genéticos de lo nuevo
pueden tener origen, tal como se entiende tradicionalmente, en exigencias u
objetivos económicos, sin embargo es cierto que esto sucede en el interior de
una trama «multicausal» de hechos.
Lo nuevo —se ha observado— no se produce,
en definitiva, en el laboratorio obsoleto de la teoría de la empresa
tradicional, donde las causas del cambio económico son siempre exógenas y la
adaptación a aquellos impulsos externos sucede con variables puramente
endógenas.59
La superación de la concepción tradicional fundamentada en variables exógenas (como motor de cambio) y variables endógenas (efectos) se ha producido admitiendo una concepción sistemática de la producción industrial y del ambiente en que opera. En este contexto, el cambio tiene lugar en relación a impulsos económicos y no económicos, y, por lo tanto, da forma a efectos económicos y no económicos, sin alterar el sistema en su conjunto. Pero el paso de una concepción sistemática
del sistema industrial a una concepción evolutiva va más allá e implica el
reconocimiento de un proceso innovador que
no reproduce el sistema tal como es, sin
variar las estructuras, las reglas de comportamiento y los valores propios del
engranaje sistemático en un cierto momento, sino que actúa como elemento de un
cambio del propio sistema, de «producción» de la identidad del sistema en los
diversos momentos.60
En el cuadro de las investigaciones y del análisis experimental sobre la economía de las nuevas tecnologías," ya han sido individuados elementos específicos que pueden concurrir a la formulación de una teoría de la innovación sobre el modelo del paradigma evolutivo. Ha sido, por ejemplo, introducido el concepto de «morfogénesis» como producción de formas complejas (innovaciones complejas) que se distinguen tanto de las tradicionales innovaciones puntuales como de los procesos de transición. Por morfogénesis se entiende en este caso la capacidad de un sistema para crear en su interior nuevas formas estructurales. En la concepción evolutiva, por tanto, el cambio no constituye tanto una perturbación de estructuras que permanecen invariadas como una que se presenta como un recurso del sistema mismo. En este sentido, el término «evolución»
deviene sinónimo de la trama de conexiones que une innovaciones puntuales y
procesos de transición, realizando nuevas formas sistemáticas en el campo
tecnológico. De aquí la función morfogenética, justamente como producción de
órdenes nuevos.
A diferencia, entonces, de las innovaciones
que no cambian el sistema en su conjunto y de los procesos que, aun siendo
complejos, «diseñan cambios que comienzan y acaban sin dar continuidad al cambio»,61
el verdadero objeto de análisis de una teoría evolutiva del cambio
tecnológico se dibuja en un tipo nuevo de innovación que representa un proceso
complejo capaz de organizar macromutaciones. En estrecha analogía con las
ciencias naturales, las innovaciones concretas aparecen de esta manera ligadas
por un diseño evolutivo que permite la acumulación de micromutaciones, las
cuales, a su vez, producen formas complejas que se reafirman en sustitución de
las precedentes.63
1. Urbanek, A., «Morpho-Phisiological Progress», en Nitecki, M, E., Evolutionary
Progress, The University of Chicago Press, Chicago, 1988, p. 209.
2. Franz, V., «Zum jetzigen Stand der Theorie von
biotechnisthen Fortschritt a der Pflanzen und Tiergeschichte», Biología
Generalis, 19:3(1935).
3. Cfr. Zavadski, K. M., «On the progress in living and technical systems»,
en Zavadski, K. M. y Melcschenko, Y U. (eds.), Tbeoretical Problems
of Progressive Development in Living Ndture and Technology, Nauka,
Leningrado, 1970, pp. 3-38.
4. Véase, por ejemplo, Di Bernardo, B.
y Rullani, E., «Evoluzione: un nuovo paradigma per la teoría dell'impresa e del
cambiamento tecnológico», Economia e Politica Industriale, 42, 1984, pp.
39-106.
5. Gould, S. J., «Il pollice del panda della tecnologia», en Bravo
Brontosauro, Feltrinelli, Milán, 1992, p. 63.
6. Ibid.,p. 64.
7. Butler, S., Erewhon Londres, 1872.
8. Cellarius, pseud. de Butler, S„ «Darwin among
the Machines», The Press, Christchurch,
Nueva Zelanda, 13 de junio de 1863. Ampliado y reescrito, el ensayo fue vuelto a publicar
después con el título de «The Mechanical Creation», The Reasoner, Londres,
julio de 1885. La traducción italiana a la cual aquí se hace referencia es la
contenida en I classici Adelphi, 1963-64, Adelphi, Milán, 1964, pp. 141-150.
9. Butler,
S., «Lucubratio Ebria», The Press> Christchurch, Nueva Zelanda, 29 de julio de
1865.
10. Cfr. Butler, S„ «Darwin
e le macchine», op. cit., p. 143.
11. «Es cierto que en nuestros días ya hay máquinas que sirven para traer al
mundo otras máquinas, y que llegan a ser padres y madres de otras máquinas, a
menudo de su misma especie* (5. Butler. «Darwin c le macchine», p. 148).
12. Butler, S., Erewhon, Adelphi, Milán, 1965 y 1975, p. 198.
13. Cfr. Attali, J., L'ordine Cannibale. Vita e morte della medicina, Feltrinelli,
Milán, 1980, p. 247.
14. Darwin, C, L'oitgine delle specie. Rollan Boringhieri,
Turín, 1967, p. 133.
15. Malthus, R., An Essay on the
Principie of Population, Londres, 1798.
16. Cfr. Lewontin, R. C., «Evolucione», Enciclopedia Einaudi, vol. V,
Einaudi, Turin, 1978, p. 1013.
17. /W.,p. 1014.
18.
Cfr. Leroi-Gourhan, A., // gesto e la parola. Técnica e linguaggio, vol.
I, Einaudi, Turín, 1977, p, 159,
19. Cfr. Steadman, P., L'evoluzione del design. L'analogia biologica in architetturae nelle arti
applicate, Liguori, Nápoles, 1988, p. 112.
20. Ibid.
21. Ibid. pp. 113-114,
22. Steadman, P., op. cit. pp. 89.
23.
Cfr. Basalla, C, L'evoluzione della tecnologia. Cause, modalità e
efetti del progresso tecnológico, Rizzoli, Milán, 1991, p. 49.
24.
Cfr. Pitt-Rivers, Augustus-Heny (Lane Fox), The Evolution of Culture
and Other Essays, Oxford,
1906,
25. Darwin, G, op. cit,t p.
371,
26.
Cfr. Steadman, P., op. cit., p. 124.
27. Cfr, Balfour, H., introducción a Pitt-Rivers, A., op. cit, pp,
VII-VIII.
28. Deforge, Y., Tecbnolagie et génétique de l'objet industriel, Maloine,
París, 1985.
29. /turf., p. 101. .10. Ibid., p. 72.
31. Véase todo el primer
capítulo del clásico trabajo de Simondon, G., Du mode d'existence des objets
techniques, Aubier Montaigne, París, 1969.
32. Cfr. Deforge, Y., «Simondon
et les questions vives de l'actualité», epílogo a Simondon, G., op. cit., ed.
1989, p. 284.
33. La expresión milieu
associé fue introducida por Simondon, G., op. cit., p. 57.
34. Cfr. Moles, A., «Object
et communication», en AA.VV., Les objets. Communtcations, n. 13,
Éditions du Seuil, París, 1969, p. 11 (trad. cast., «Objeto y comunicación», en
Comunicaciones, Los obietos, Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1971).
35. Ibid., p. 10.
36. Simondon, C, Du mode d'existence des objets techniques, op. cit.
37. Ibid.,p. 19.
38. lbid.,p.20.
39. Ibid.,p. 43.
40. ibid.
41. Cfr. Hottois, C, Le signe el la technique. La Pbilosophie à l'épreuve de la technique, Aurbier
Montaigne, París, 1984, p. 120.
42. Cfr. Ellul, J., Le systéme technicien, Calman-Lévy,
París, 1977, p. 350.
43. El término «tecnoevolución» fue introducido por Lem, S., Summa
Tecbnologiae, Insel, Frankfurt am Main, 1976.
44. Cfr. Hottois, C, op. cit. pp. 129 y ss.
45. En las primeras apariciones de herramientas y manufacturas se podría
leer una prolongación directa de la evolución de la morfología y de las
funciones biológicas. Véase a propósito de esto Leroi-Gourhan, A., op. cit..
46. Hottois, C, op. cit., p, 132.
47. lbid.,p. 135.
48. Cfr. Ellul, J., op. cit., pp. 229-248.
49. Gallino, L, L'attore sociale. Biología, cultura e intelligenza
artificiale, Einaudi, Turin, 1987, p. 181.
50. Ibid.,p. 182.
51. Medawar, P. B,, «The Meaning of Fitness and the Future of Man», en
Cohen, Y. A., Man in Adaptation, The Biological Background, Aldine, Chicago, 1974, 2ª ed.,
pp, .10-40.
52. Cfr.
Gallino, L, op. cit., p. 185.
53. lbid.,p. 186.
54. lbid.,p. 191.
55. Butler, S,, «Darwin e le macchine», op. cit., p. 142.
56. Gallino, 1„, op, cit-, p. 207.
57. Ibid.
58. Di Bernardo, E. y Rullani, E., op. cit., p. 43.
59. Ibid., p. 47.
60. Ibid.,p. 49.
61. Ibid.,p. 52.
62. Ibid.
63. Es este proceso—subrayan Di Bernardo y
Rullani— el que tiene valor evolutivo y que representa un objeto de estudio
diferente del de la teoría tradicional de la empresa y del empleado en las
teorías más habituales sobre la innovación» (ibid., p, 58).
|
Sobre l'autor
SILVIA PIZZOCARO
Doctora en Arquitectura per la Facultat d'Arquitectura
del Politècnic de Milà. Membre del grup de recerca «Projecte, producte, ambient»
dirigit per Ezio Manzini.
Relacionat 10 NATURA, DISSENY I INNOVACIÓ, 1994 HERMANN HAKEN Sinergia: quins són els principis bàsics de l'autoorganització a la natura? 10 NATURA, DISSENY I INNOVACIÓ, 1994 CARMELO DI BARTOLO Un diàleg entre materials i ambient. Dissenyar la protecció: observació, models, solucions en la tasca del Centre de Recerques de l'Institut Europeu de Disseny 10 NATURA, DISSENY I INNOVACIÓ, 1994 W. HENNICKE JÜRGEN Lleuger i ampli. Aspectes sobre el disseny i la construcció d'àmplies estructures lleugeres 10 NATURA, DISSENY I INNOVACIÓ, 1994 YVES COINEAU, BIRUTA KRESLING Biònica i disseny: testimoniatges de l'evolució d'aquest acostament 10 NATURA, DISSENY I INNOVACIÓ, 1994 ENZIO MANZINI Physis i disseny. Interaccions entre natura i cultura 10 NATURA, DISSENY I INNOVACIÓ, 1994 GILLO DORFLES El disseny entre l'objecte natural i l'objecte artificial 10 NATURA, DISSENY I INNOVACIÓ, 1994 EDUARDO SESTI DE AZEVEDO Disseny i ambient, estratègia i projecció 16 DISSENY, TECNOLOGIA, COMUNICACIÓ, CULTURA, 2000 JORDI FARRÉ, ENRIC SAPERAS La televisió: una finestra oberta al món? 10 NATURA, DISSENY I INNOVACIÓ, 1994 GABRIEL SONGEL Natura, disseny i innovació: proposta metodològica 10 NATURA, DISSENY I INNOVACIÓ, 1994 WERNER NACHTIGALL Creació de forma i biònica: disseny biològic |