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04 COMUNICACIÓ VISUAL A L'ENTORN DEL DISSENY. D'ARQUITECTURA I URBANISME, 1990

Culturas Emergentes, Culturas Decadentes


Ésta es una Época de Transición

Ésta es una época de transición. La sociedad de nuestros días representa tanto la culminación de un largo proceso evolutivo que denominamos «modernidad» como el advenimiento de un nuevo modelo de civilización al que nos referimos con expresiones tan diversas como «sociedad postindustrial», «sociedad de la información», «sociedad compleja» o «sociedad posmoderna». Nos encontramos entre una sociedad que no termina de morir y una sociedad que no acaba de nacer.
Nuestra generación es una generación de transición. El pasado ha dejado de ser una referencia segura para entender el presente y se vislumbra el futuro como una proyección imprecisa de las tendencias del presente. La confusión y la perplejidad a menudo son sentimientos que experimentamos cuando observamos la realidad cambiante de nuestros días.
A diferencia de las últimas generaciones que experimentaron cambios de civilización (finales del siglo XVII, siglo XVIII, final del XIX y comienzos del xx), nuestra generación esta huérfana de pensamiento comprensivo, es incapaz de crear nuevos ideales emancipadores. Sabemos que estamos protagonizando un cambio de civilización, pero no sabemos comprenderlo en su totalidad. Como espectadores de este proceso, se nos hace difícil romper con el aparente anonimato de la innovación tecnológica, del avance científico y de la nueva forma de racionalidad que impone la industria transnacional, el gran capital financiero, las administraciones públicas y las técnicas de la ingeniería social.
Ésta es una realidad opaca. La sociedad se complica progresivamente y el sujeto se diluye en el conjunto de las transformaciones impulsadas por la tecnología, la ciencia, la industria y la administración. Cada vez es mas difícil entender de qué manera un componente social encaja en el todo social. Esto se produce porque cada sector de la sociedad tiende a disponer de una autonomía organizativa fundamentada en la especialización de los conocimientos que le son propios. Nuestra sociedad parece descentralizada, sin vértice, como dice Luhmann, pero en la que el conjunto de los sectores se nos muestran cada vez como mis interdependientes.
En una realidad opaca como la nuestra es difícil establecer limites exactos entre la cultura y la economía, entre ésta y la política, entre el espacio que es público y la privaticidad.

La Cultura es una  Realidad en Transformación

La cultura es una realidad en transformación. Cuando se produce un periodo de transición como el actual, la cultura siempre se manifiesta como una de las realidades sociales más sensibles. De hecho, las transformaciones culturales anuncian las transformaciones sociales futuras.
La cultura ha sido uno de los sectores sociales que mis intensamente ha experimentado el impacto transformador de nuestros días. En la reflexión cultural se pueden observar todos los componentes que definen a nuestra sociedad: la creciente opacidad, su complejidad, la decadencia de la modernidad, el impacto de las innovaciones tecnológicas, la pseudoindividualización del consumo, el impacto de la nueva racionalidad técnica y administrativa, el estallido de la centralización en la producción de la cultura y del pensamiento, los nuevos creadores de opinión pública y la desaparición de los intelectuales tradicionales.
La reflexión sobre la cultura ha adquirido, en los últimos años, una dimensión pública muy notable como resultado de una evidente necesidad de entender el cambio que estamos experimentando. Sin embargo, esta reflexión tiende a empobrecerse como consecuencia de su focalización alrededor de la definición de la cultura o de cómo evaluar la tradición cultural a la luz de las transformaciones actuales. Este tipo de discusión cae en la tendencia a reinterpretar las definiciones clásicas ejemplificadas con lo que E. B. Tylor estableció en el año 1971 en Primitive Culture:
La cultura comprende los conocimientos, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualquier otra capacidad o hábito adquirido por el hombre como miembro de la sociedad.
Creemos, no obstante, que la nueva situación cultural exige un nuevo planteamiento que se aleje de la simple voluntad de redefinir el concepto de cultura o de establecer formas de colaboración entre las culturas tradicionales alejadas del reconocimiento explícito del conjunto de las tendencias que señalan el actual proceso de cambio cultural. Es necesario reconocer las causas y finalidades subyacentes al proceso de fragmentación cultural y de especialización de los públicos, el surgimiento de nuevas culturas y el consiguiente estancamiento de las culturas tradicionales, la pérdida de la individualidad critica como elemento fundamentador de la producción cultural y la nueva universalidad de la cultura industrial. Éstas son algunas de las tendencias que orientan la evolución cultural en los países industriales. Y será nuestro objeto de reflexión.

Cinco Tendencias para Entender Algunas Transformaciones de la Cultura de Nuestro Tiempo
Los Niveles de Cultura

Podemos argumentar, aunque sea de forma esquemática, cinco tendencias para entender algunas de las transformaciones de la cultura de nuestro tiempo.
Cuando hablamos de cultura debemos hacerlo en plural. La nuestra es una sociedad policultural. Para describir el carácter policultural de la sociedad contemporánea se ha empleado, desde principios de este siglo, el concepto de nivel de cultura. Un nivel de cultura se define haciendo referencia a un o unos determinados grupos sociales que producen una determinada manifestación cultural, la distribuyen de una determinada manera y la reciben o usan socialmente. Cada nivel cultural determina una cierta homogeneidad en las formas y en la complejidad de la manifestación cultural, una cierta autonomía artística, estilística o funcional y unas ciertas finalidades últimas. Los niveles pueden enfrentarse, si se conforman en grupos opuestos, o pueden complementarse, si los grupos sociales tienden a converger en sus intereses.
Si recurrimos a nuestra memoria familiar, recordaremos cómo en la Cataluña del primer tercio de este siglo se definieron diversos niveles culturales dolados de autonomía y bien diferenciados entre si. Se hablaba de cultura burguesa o de cultura obrera, de cultura popular o de cultura rural, o incluso de cultura de barrio. Los ateneos, los casinos rurales, los coros, las asociaciones culturales, las bibliotecas populares, etc., formaban parte de este espeso tejido social de la Cataluña de aquellos días. Con la llegada de la radiodifusión, la discografia, el cine y la prensa popular empezaron a aparecer niveles culturales que cubrían amplios sectores de la población hasta llegar, ya en los años cincuenta y sesenta, a formar los primeros niveles de cultura de carácter interclasista.
Se consideraba, finalmente, que estos niveles se estructuraban en formas superiores de cultura. Así, se hablaba de alta cultura o de cultura popular. Desde otra perspectiva se hacia referencia a culturas nacionales en función de su expresión lingüística o literaria.
Si observamos el actual debate cultural, veremos que todavía se sigue empleando esta conceptualización, a pesar de que la realidad cultural de los países industriales ha evolucionado espectacularmente en los últimos años.
¿Cuáles han sido las principales transformaciones de la esfera cultural en estos países? Ésta es una pregunta que sólo puede ser contestada parcialmente en estas páginas. Sin voluntad de ser exhaustivos, podemos señalar cinco grandes transformaciones.

La Destrucción de la Cultura de Grupo

El crecimiento de las grandes urbes industriales y la internacionalización de la economía, la urbanización del campo y el incremento de la capacidad de consumo han entrañado el debilitamiento de la identidad cultural de los grupos sociales y, en consecuencia, de los niveles de cultura mis particulares. Hoy no tiene sentido hablar de cultura obrera, burguesa, campesina o de barrio. Los niveles particulares han dado paso a expresiones más universales. La cultura de grupo ha cedido delante de la industria de la cultura. Culturalmente, nuestros jóvenes se parecen mucho más a los jóvenes alemanes o franceses, norteamericanos o australianos, que a sus padres, y menos aún a sus abuelos. Esta nueva realidad cultural amenaza gravemente el vigor de las culturas nacionales, entendidas como culturas de comunidad territorial y lingüística. Mantenerlas implicará luchar decididamente en contra de la tendencia a la absolutización de la industria de la cultura entendida como cultura hegemónica internacionalizada.

El Cambio de la Expresión Cultural:
El Paso que  va de la Cultura Expresada por las Lenguas Nacionales al Audiovisual como Nuevo Código Hegemónico

Una tercera transformación a tener en cuenta ha sido el cambio de la expresión cultural, es decir, de los códigos que dan soporte físico a la promoción cultural. Desde fines del siglo XIX hemos experimentado una influencia creciente de las innovaciones tecnológicas en la expresión de la cultura. Después de casi cien años, ésta es una cultura que ha acabado con la hegemonía de la expresión lingüística: consideramos estúpido leer una novela de Williarn Faulkner en inglés si no conocemos esta lengua, pero no nos es extraño escuchar música de consumo en una lengua extranjera que no conocemos o ver un vídeo-clip sin entender su mensaje verbal, porque consideramos pertinente supeditar la expresión verbal a la expresión propia del lenguaje visual y a su cadencia.
Éste ha sido el gran valor universalizador de la industria de la cultura: se fundamenta en un código audiovisual que permite superar la fragmentación lingüística y, por lo tanto, la fragmentación nacional. La industria de la cultura ha sido capaz de devenir cultura popular (los norteamericanos la llaman popular culture) y también alta cultura. Hace pocos meses cien mil catalanes bailaban al ritmo de la música de Bruce Springsteen en una comunión de ritmo y de espectáculo visual: es la nueva cultura popular alejada de la lengua natural. Miles de catalanes siguen la crítica teatral o cinematográfica, literaria o musical, para saber cómo estar a la moda cultural en función de los contenidos expresados en la prensa, la radio o la televisión: es la nueva alta cultura alejada de la antigua centralización de la producción cultural.
Esta pérdida de valor de las lenguas (y de las culturas nacionales tradicionales) como expresión cultural ha ido acompañada de la hegemonía de la lengua inglesa como lengua instrumental de alcance internacional y como consecuencia de origen norteamericano de la expresión audiovisual.

Culturas Emergentes Versus Culturas Decadentes

En este marco tan conflictivo y trastornado se ha producido la eclosión de nuevas culturas que están modificando la situación heredada de nuestro patrimonio cultural. Son las culturas que proponemos denominar con la expresión «culturas emergentes»: aquellas que son el resultado directo de las innovaciones tecnológicas y científicas de nuestro tiempo. Culturas emergentes son la industria de la cultura y las culturas tecnológica y científica. Su universalidad no se fundamenta en la tipología de sus mensajes, sino en la propia universalidad de la ciencia, de la técnica y de la producción industrial. Estas nuevas formas de cultura han implicado el descenso de las manifestaciones tradicionales: la cultura popular y la alta cultura. A estas últimas las denominamos «culturas decadentes», es decir, aquellas que en los últimos años han dejado de ser hegemónicas y con un valor referencial constante. La pérdida de su hegemonía se ha producido tanto en lo que respecta a su presencia pública como a sus códigos de expresión, que hasta hace pocos años habían sido considerados como la única forma de expresión posible de la cultura.

La Confrontación Como Forma de Relación Existente Entre las Culturas Emergentes y las Decadentes

Si observamos las formas actuales de relación existentes entre ambas modalidades culturales, deberemos concluir que son de confrontación. Dicho de otro modo, las culturas emergentes degradan a las culturas tradicionales. La confrontación no tiende a la desaparición de los ámbitos característicos de la cultura popular y de la alta cultura, sino a su suplantación. Efectivamente, la industria de la cultura no hace desaparecer a la cultura popular: modifica los contenidos tradicionales, las formas de producción y de distribución social y la forma en que es recibida y usada socialmente. La misma tendencia se confirma en la cultura científica y la cultura tecnológica. En este sentido hablamos de nueva cultura popular al mismo tiempo que observamos la desaparición efectiva de la cultura popular tradicional. Este proceso afecta de manera similar a la alta cultura.
Actualmente no hay ninguna posibilidad de complementariedad que permita prever la substitución de la confrontación por la colaboración. Esta imposibilidad se fundamenta en la estructura de propiedad de la industria de la cultura y en la alianza de intereses existentes entre el científico, el técnico, el ingeniero social y los detentores del poder. Sólo un cambio radical de sociedad implicaría deshacer la contradicción entre aquellas culturas que han sido el origen tradicional de la voluntad de emancipación (ahora decadentes) y las culturas que de manera sumisa se han desarrollado a la sombra de las estructuras de poder (ahora emergentes).

La Cultura Popular Como Cultura Decadente

La cultura popular como cultura decadente se nos manifiesta en una multitud de síntomas de nuestra vida cotidiana. Si buscamos el término popular culture en un diccionario norteamericano de lengua inglesa, podremos leer definiciones de este estilo: «Cultura producida industrialmente para ser inmediatamente difundida por disco, radio o cualquier otro instrumento de reproducción.» Muy probablemente, dentro de cincuenta años los diccionarios de lengua catalana reproducirán este tipo de definición, reservando las definiciones actuales a los diccionarios de antropología.
¿Cuál es la cultura popular actual? La primera respuesta que se nos ocurre puede ser la siguiente: es el conjunto de manifestaciones culturales, costumbres y formas de vida, de valores y sentimientos, de músicas y narraciones, que caracterizan e identifican a un pueblo y conforman su patrimonio cultural del modo en que ha sido transmitido de generación en generación. Así habremos seguido la respuesta tradicional.
Si nos hacemos ahora la misma pregunta, pero antes miramos a nuestro alrededor (y no necesitaremos hacerlo demasiado atentamente), nos veremos obligados a matizar nuestra respuesta. Actualmente, lo que entendemos por cultura popular es un complejo mosaico formado por algunos restos de la cultura popular, entendida en un sentido tradicional, y numerosos fragmentos de la industria de la cultura y de la cultura tecnológica.
En los países industriales más avanzados, la televisión y el cine, la moda de cada temporada, las opiniones, actitudes y comportamientos de las grandes figuras del deporte y de las estrellas del espectáculo, la música de consumo y el modo en que los mass media nos explican el mundo, las actividades del ocio y el coche, la ropa deportiva y el diseño de objetos, entre muchos otros elementos, conforman la nueva cultura popular.
Contemplemos el actual consumo cultural de los países industriales (por ejemplo, los europeos) y podremos concluir que se está produciendo una intensa aproximación de sus manifestaciones de cultura popular. Esta aproximación no debe ser interpretada simplemente como resultado final de la hegemonía política y militar de los Estados Unidos, sino como la culminación de los hábitos y de las costumbres impuestos por la industria moderna, los mercados comerciales y la reducción de la cultura a una mercadería apta para el consumo masivo. La cultura se repliega sobre el sistema productivo: la civilización gana a la cultura.
Cualquier cultura, como fruto de la acción de los hombres, es mutable, y varía con el paso del tiempo. La cultura popular ha sido la que más intensamente ha experimentado el proceso de disolución que le ha llevado a espacios cada vez más reducidos, más particulares, más vinculados a la festividad. Y a pesar de esto, y en esta reclusión forzada, se ve obligada a luchar con la industria de la cultura que se está apropiando de las fiestas en la calle, de las actividades públicas que identifican a las comunidades humanas, de la danza popular y de los ritmos musicales. La situación de confrontación ha acabado por obligar a la cultura popular a pedir el soporte explícito de los medios de comunicación para darse a conocer. Es la culminación del proceso de disolución.
Evidentemente, ésta no es la situación característica de los países no integrados en el mundo industrial. En estos países la cultura popular continúa siendo una realidad viva que pugna con la cultura oficial y con la industria de la cultura.
Por otra parte, no debemos olvidar que la formación de la industria de la cultura, sobre todo en los Estados Unidos, se fundamentó en la cultura popular conocida por el público de los nuevos medios de comunicación. La suplantación efectiva sólo fue cuestión de tiempo. Asimismo, la suplantación ha llegado a extremos que hace pocos años habrían sido insospechados, hasta afectar a la religión, la moral tradicional y las costumbres más arraigadas en las comunidades nacionales. Por ejemplo, no nos deberá extrañar cómo personajes cinematográficos como E,T. o Supermán (en su primera adaptación cinematográfica) suplantan la narración popular sobre la vida de Cristo: EX llegará del universo, se acercará a una familia que vive bajo la presencia exclusiva de una madre. se hará amigo y compañero de los niños, subirá a la montaña para comunicarse con sus superiores antes de ser perseguido, herido y muerto por los hombres que representan el poder político y científico, resucitará en medio de las plegarias de los niños y subirá al cielo después de ofrecernos su mensaje de paz y amistad entre los hombres: Supermán es enviado por su padre al planeta Tierra, adonde llegará en una estrella, y será recogido por un matrimonio rural que vive entre campos de trigo dorado, llega a su mayoría de edad, ya sólo en presencia de su madre adoptiva y recibe la orden de su padre de trasladarse a la gran ciudad y luchar por las causas justas. La disolución de la cultura popular tradicional y su suplantación por la industria de la cultura llega prácticamente a la culminación.

También Podemos Observar Este Proceso
de Disolución y de Suplantación en la Alta Cultura, Aunque Con Menor Intensidad

También podemos observar este proceso de disolución y de suplantación en la alta cultura, aunque con menor intensidad. Si evaluamos su situación podemos calificarla como de estancamiento: sin vanguardias renovadoras, sin públicos exclusivos y con una desintegración de sus códigos expresivos tradicionales como consecuencia de las tres culturas emergentes.
Estas tres culturas dan lugar al actual soporte expresivo de la totalidad de las manifestaciones actuales de la alta cultura: en algunas ocasiones simplemente manifiestan la producción tradicional de la alta cultura (por ejemplo, cuando la tecnología permite una mejora en la edición bibliográfica o en su comercialización y difusión): en otras ocasiones comienzan un ligero proceso de disolución (por ejemplo, en los registros sonoros de la industria diseño gráfica): a menudo destruyen su contexto natural de expresión para el que fueron creadas (los grandes festivales musicales, la venta de la literatura clásica en el quiosco, la reproducción gráfica de las obras clásicas de la pintura y su comercialización en grandes almacenes comerciales), o en otras ocasiones la prostituyen abiertamente (adaptaciones rítmicas de la música clásica mezclando fragmentos sin ningún orden, para ser difundidos como cualquier música de consumo, aplicaciones indiscriminadas a la publicidad, a los logotipos industriales, o adaptaciones comerciales, que no respetan ni la paternidad de la obra, ni el estilo ni los referentes históricos).
A la disolución progresiva se ha añadido, en los últimos años, una intensa tendencia a la suplantación; si bien es cierto que ha sido iniciada por la industria de la cultura, hay que tener en cuenta que este proceso se ha acelerado con la intervención decidida de las culturas tecnológica y científica, que comienzan a realizar numerosas funciones sociales que hasta principios de nuestro siglo eran exclusivas de la alta cultura. A menudo este proceso de suplantación, añadido al de disolución, nos hace creer en el comienzo de una nueva, aunque relativa, época de barbaríe.
La disolución y la suplantación de la alta cultura comportan un proyecto histórico contrario al valor emancipador que la ha caracterizado en el periodo de la modernidad. Hoy más que nunca son necesarios la lectura y el estudio, la autorreflexión y la memoria histórica como elementos correctores de este proceso degenerativo.

Las Culturas Emergentes se Fundamentan en su Unidad de Intereses y en su Universalidad Expresiva
La Industria de la Cultura

El impulso emergente de la industria de la cultura, la cultura tecnológica y la cultura científica se fundamenta en su unidad de intereses y en su universalidad expresiva. La industria de la cultura conforma un verdadero sistema en el que cada medio de comunicación (desde la radiodifusión o la cinematografía hasta la telemática) dispone de una lógica interna propia, pero armoniosamente solidaria con la del resto de los medios.
La industria de la cultura ha devenido, en los últimos veinte años, una cultura plenamente autónoma y con voluntad de ser hegemónica. Cuando se ha negado la posibilidad de definirla como cultura, se han argumentado criterios que no son aptos para comprenderla hoy. Los criterios tradicionales utilizados para evaluar la alta cultura no son válidos para entender la industria de la cultura. Tampoco podemos limitarnos a definirla como un simple nivel de cultura.
Dos son tas argumentaciones que permiten fundamentar la afirmación de la industria de la cultura como una forma cultural autónoma. La primera, la más simple, está dictada por el sentido común: observemos nuestro entorno y nuestra realidad cultural, evaluemos el porcentaje del consumo cultural en los países industriales que tiene su origen en esta industria y hagamos el esfuerzo de cuantificar el volumen y la distribución geográfica de su público. Concluiremos que resulta imposible afirmar que tal fenómeno sólo manifiesta un nivel de cultura. La segunda argumentación: después de noventa años de existencia efectiva, la industria de la cultura ha conseguido superar la mayoría de las limitaciones que imposibilitaban su autonomía cultural: ha formado una tradición cultural propia (cada vez son más frecuentes las referencias a sus productos que con el paso del tiempo han superado la finalidad comercial y de consumo), ha diversificado enormemente la complejidad de sus ofertas culturales (como consecuencia de las innovaciones tecnológicas se ha producido la especialización de las ofertas y la fragmentación del público, lo que permite el paso del broadcasting al narrowcasring) y, finalmente, ha dado lugar a un nuevo tipo de saber imprescindible para conocer nuestra realidad, nuestro tiempo y cualquier hecho social. El impacto cultural de esta industria es un notable que, como ya habla anunciado Benjamín en los años treinta, ha llegado a construir una memoria involuntaria de imágenes y de sonidos que compartimos colectivamente como añadido a nuestra memoria personal. Dicta comportamientos morales, modelos de éxito profesional, el papel social de los sexos, las modas culturales, los valores del trabajo y las formas de comportamiento socialmente aceptables tal como lo habían hecho, en su momento, las culturas tradicionales, ahora decadentes, así como la moral cristiana.

Una Cultura Tecnológica

Nosotros recordamos la generación de nuestros abuelos como la que comenzó a disfrutar de los beneficios de la segunda revolución industrial. La recordamos como la primera generación que inició el contacto con las máquinas modernas: el teléfono, el automóvil, el avión, la bombilla eléctrica, la radio y el cine y un extenso conjunto de máquinas que cambiaron el mundo. Ellos comenzaron a apretar botones mecánicos y a usar las primeras máquinas automáticas. Ellos iniciaron la cultura tecnológica. Nuestros nietos, seguramente, nos recordarán como la generación que inició el uso de máquinas inteligentes y que aplicó la tecnología a la totalidad de las actividades cotidianas. Nosotros, muy probablemente, seremos recordados como aquella generación que culminó la cultura tecnológica iniciando el cambio de civilización que marcará la evolución futura de la humanidad.
La cultura tecnológica suplanta a la alta cultura como ya lo previo McLuhan en La Galaxia Gutenberg, al afirmar que en el pasado se habían imaginado el futuro como una gran biblioteca de Alejandría, en tanto que nuestra realidad es muy diferente: se parece más a un gran ordenador.
Por cultura tecnológica entendemos, pues, el conjunto de conocimientos ordenados y sistemáticos que se orientan a la aplicación de la tecnología contemporánea al conjunto de nuestras actividades diarias. En este sentido, la cultura tecnológica interacciona con el resto de las formas culturales de nuestro final de siglo. Un buen ejemplo, naturalmente, es la estrecha Intercomunicación existente entre la industria de la cultura y la cultura tecnológica. Su constitución como cultura emergente parece difícil de rebatir. Su influencia sobre los lenguajes que empleamos en nuestras actividades, sobre nuestra actividad decisiva y nuestro ocio, así como sobre el trabajo, es indiscutible. La irrupción de esta cultura constituye uno de los aspectos más significativos del cambio de civilización.

La Cultura Científica

La industria de la cultura se integra con la cultura tecnológica de manera similar a como lo hace con la cultura científica. Debemos ser conscientes de la formación de una cultura científica dotada de autonomía: es decir, la ciencia dispone ya de un tipo de producción, de distribución particular y de un público especializado que ha posibilitado conformar una nueva cultura con una lógica interna particular y característica. De las culturas emergentes, la científica es sin duda la más minoritaria y especializada. Dispone de algunos comportamientos sociales y está protagonizando algunas manifestaciones públicas que nos recuerdan a la alta cultura de antes del Siglo de las Luces. Observemos, por ejemplo, cómo la física o la biología o la genética han iniciado un interesante proceso de reflexión sobre ámbitos del pensamiento tradicionalmente protagonizados por la filosofía, el arte o la religión. Por otra parte, la ciencia social, en tanto ingeniería social, está consiguiendo una presencia pública notable que afecta al conjunto de los comportamientos políticos y económicos de la sociedad. El lenguaje de la economía se ha constituido en una realidad presente en los medios de comunicación y en las conversaciones de los ciudadanos de los países industriales, como también fragmentos del lenguaje físico, químico, médico o matemático son ahora imprescindibles para referirnos a nuestra realidad ecológica, política, comercial o financiera.
Por último, la cultura científica ocupa una posición preeminente en nuestro mundo y en el conjunto de las culturas emergentes, y en ella se sitúa la nueva racionalidad dominante en el mundo contemporáneo: la racionalidad instrumental, que es la medida de todas las cosas.

A Modo de Conclusión

A modo de conclusión podemos afirmar que la simple observación de nuestro entorna cultural nos indica que estamos inmersos en un proceso internacional de unificación cultural, que será especialmente intenso en la Comunidad Europea y, aunque de forma más limitada, en los otros países industrializados. Reconocer el alcance de este proceso exige, sin embargo, una profunda reflexión entorno a las actuales tendencias evolutivas de la cultura en el marco del cambio de civilización que estamos experimentando.
En Cataluña estas tendencias deberían merecer un gran interés, ya que nosotros somos una comunidad nacional que estamos culminando un proceso de reconstrucción cultural, que coma su soporte en las culturas tradicionales que aquí hemos denominado decadentes. Ciertamente, se puede argumentar que Cataluña ha tenido acceso a las tres culturas emergentes. Pero también es cierto que este proceso de incorporación se ha realizado en una posición de dependencia político-legislativa o de dependencia económica frente a los estados que están introduciendo las innovaciones científicas y tecnológicas en nuestro país.
Si el diagnóstico presentado en este artículo se considera válido para entender algunas de las tendencias evolutivas de la cultura, deberemos concluir que Cataluña tiene que conseguir el máximo grado de soberanía en los ámbitos implicados por las tres culturas emergentes. Si no disponemos de esta soberanía, difícilmente podremos eludir el proceso vertiginoso implicado por la simple lucha por la supervivencia. Si hablamos de reconstrucción nacional y cultural de Cataluña, es necesario hacerlo pensando en la formación de una industria de la cultura propia, competitiva y hegemónica en nuestro territorio. También es necesario hablar de tecnología y de ciencia hechas en función de una planificación apropiada a nuestros intereses como comunidad nacional integrada en una macrocomunidad internacional.
La lengua, la memoria histórica, la cultura popular y la cultura literaria y artística están dejando de ser los únicos elementos que definen la identidad de un pueblo. Ahora han de compartir su primado secular con los medios de comunicación, la telemática y las telecomunicaciones, con el avance científico y la tecnología.
Del grado de soberanía que podamos conseguir en las tres culturas emergentes puede depender aquello que dentro de cien años se entienda por cultura catalana en el marco de la cultura europea.





Sobre l'autor



ENRIC SAPERAS


Doctor en Filosofia. Professor de Teoria de la Comunicació al Departament de Periodisme de la UAB. Doctor en Ci è ncies de la Comunicaci ó per la Universitat Aut ò noma de Barcelona Professor de la Universitat Pompeu Fabra.






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